Letizia recurre a la Supernanny
¡Y también podríamos llamar al Encantador de perros, a ver si espabila a Marichalar!

Desde luego, tenemos una princesa que no nos la merecemos. Es tan de su tiempo que durará treinta mil años en la despensa y aún se podrá comer, como el atún en conserva. Sin ir más lejos, el otro día coincidió en un acto editorial con Rocío Ramos Paul, la Supernanny de Cuatro, y sin que se le cayeran los anillos, aprovechó para pedirle consejo sobre la educación de las infantas Leonor y Sofía; en concreto, sobre el consumo de chuches, que por ahora su madre les restringe a los fines de semana. Que en sábado y domingo, las caries no trabajan, se ve.
La Supernanny le dijo que no les limitara las chuches a un solo día, pero que controlase su consumo. Y es verdad, porque aparte de que a esta edad son susceptibles a las adicciones —miren a la reina madre de Inglaterra, que a los seis años le dejaron probar un sorbito de anís, y el gusto que le tomó—, imagínense si las infantas se gastan su asignación semanal, que debe de ser como el PIB de un país africano, en chuches. El señor Haribo ha de cerrar el kiosco.
En todo caso, lo de acudir a personajes televisivos para resolver problemas cotidianos hace a nuestra familia real (cómo no) más sencilla, más de su tiempo y más campechana, si cabe. Ya tardamos en mandar al psicólogo de SOS adolescentes a que le dé una colleja a Froilán —que seguro que le hace falta: ¿púber y con dinero? ¡Lo peor!—, o que don Juan Carlos llame al programa del Torreiglesias para preguntar por sus pachucheces. Letizia ha abierto la puerta a una monarquía mediática, pero popular. ¡Belén Esteban, tírate a la basura! ¡Ya no eres princesa del pueblo!