De la peristáltica serie Qué Fue De
Milli Vanilli: «Vale, fuimos un fraude que hizo historia... ¡pero hicimos historia!»

Estamos en los Estados Unidos del sur. los de las plantaciones y los caimanes, los de los evangelistas y las señoras negras vestidas de colorines; los de las casuchas destartaladas con ancianos locos meciéndose en el porche y escondiendo armas atómicas en el salón. Claro que a todo esto allí lo llaman Louisiana, para abreviar.
Es aquí donde la Máquina del Misterio del QFD discurre esta semana por los caminos embarrados, hilvanando una sucesión de bucólicos pueblos con nombres de animales venenosos, siguiendo la pista del «Circo Ambulante de Whateley e Hijos: convirtiendo la indigencia en arte entrañable desde 1802». Porque los Whateley, según nuestras fuentes, son los últimos contratantes de nuestro objetivo de esta semana, Fab Morvan, más conocido como «el melenudo de Milli Vanilli» o «la mitad viva de Milli Vanilli»; en cualquier caso, la parte franco-caribeña del único grupo que ha merecido un Grammy al mejor artista revelación en 1990 y el escarnio público al destaparse que hacían playback: ¡Milli Vanilli!
«Mucha gente cree que el circo es un arte menor, una plataforma con la que muchos jóvenes ingenuos esperan llegar a un lugar más alto... Aunque la mayoría no lleguen más allá de lo que les dispara el cañón de la bala humana», confiesa Fab Morvan, abriéndonos su corazón como se abren sus pulmones al aroma del petarden como el fuselaje de un F-16 que se está trasegando. «Sin embargo, para mí, el circo es la meta de una carrera estelar.»
Nadie lo diría viendo su peculiar número: «Los increíbles hermanos siameses Morvan», parte del colorido freak show del circo Whateley, cuyos participantes no tienen más que posar mostrando sus deformidades congénitas ante un entregado público de palurdos sureños. Fab procede a explicarnos por qué está en la cima de su carrera:
«Miren, yo empecé con mi colega Rob Pilatus, subiendo a un escenario y cantando, con poco éxito. Luego nos convertimos en Milli Vanilli, y pasamos a subir a un escenario y mover los labios fingiendo que cantábamos. Un exitazo, mientras duró. Desgraciadamente, llegó el escándalo, Rob nos dejó —un minuto de silencio:
[...]
gracias—, tuve que buscarme un compañero nuevo, y miren ahora: me basta con subir a un escenario, y punto. Y tengo al público anonadado.»
Tiene razón, hemos de admitirlo. Basta con verle en su tarima junto a su hermano siamés, con el que, por cierto, no comparte ningún rasgo de la fisonomía en absoluto, salvo la caja torácica, que la comparten literalmente.
—Pero ¿no tienes miedo de que la gente te reconozca de tu etapa anterior?
—¿Miedo? Al contrario —replica Fab—, es el gancho de la atracción.
—Pero si la gente te reconoce, sabe que eres un fraude.
—Ya estamos, por un perro que maté...
—No, no es por eso; es que incluso esta gente, que probablemente todavía hace popó en letrinas externas, te habrá visto en la tele. No puedes ahora darles dípticos que digan: «Poca gente lo sabe, pero Fab Morvan, de los Milli Vanilli, tenía un hermano siamés.»
—Ah, ¿habéis leído los dípticos? Pensaba que llegaban de la imprenta el lunes.
—Bueno, el caso es que eres un fraude. De hecho, tu hermano siamés está durmiéndose de pie, y ahora que nos damos cuenta, estáis los dos metidos dentro del mismo jersey, como los protas del Day of the Tentacle al final del juego.
—De acuerdo, vale, un fraude más, ¿y qué? —nos reta Fab, exhalando un cirrocúmulo de humo narcótico— Donde dije arte, digo fraude. Es un método como otro de alcanzar el éxito. Más que el éxito, la excelencia. ¿Cuántos fraudes han merecido un Grammy, tíos? Os diré algo: fuimos un fraude que hizo historia, sí, pero hicimos historia. Y eso es lo que cuenta. La página de oro está escrita en la historia de la música. Pueden quitarnos el grammy, pero no tienen bastante típex.