Los de Sol alzan velas
Cosas que hemos aprendido de la acampada: que cuando llueve es una mierda

Los indignados, alias Democracia Real Ya, alias Spanish Revolution, alias los del 15-M, alias «qué esculturas más feas han puesto en la plaza», se van. El 12 de junio. Así lo han decidido en democrática y larga asamblea. Falta que los partidarios de quedarse decidan qué van a hacer a partir de ahora: se hablar de pasar las noches allí a título personal o de acampadas itinerantes u otras opciones que nos tememos que no acabarán de provocar el cambio político que esperábamos/anhelábamos/temíamos.
En cualquier caso, ha llegado el momento de hacer balance. España está viviendo, de un modo u otro, lo más cercano a un mayo del 68 que ha pasado en estos lares en muchos años. ¿En qué ha consistido? Bueno, unas manis que causaron cierta impresión, una presencia notable y un sentimiento de hartazgo bastante compartido. Se ocuparon plazas y (muy importante) se eclipsó totalmente una campaña electoral. Eso tiene mérito.
Luego la revolución ganó un nuevo hálito de vida gracias a los antidisturbios, que cumplieron con su rol de villanos a la perfección y reabrieron el debate sobre si su cuerpo debería o no ser sustituido por mastines, que también son animales pero a veces muestran algo de criterio a la hora de atacar.
Pero llegaron las elecciones, la gente votó lo que votó y se perdió un poco el entusiasmo. La acampada siguió en boca de todos, aunque no tanto para apoyarla como para hacer crítica, disfrazando la pereza de desencanto, o prolongando la labor revolucionaria desde casa, que en Féisbuc se está mucho mejor que en Sol. Sobre todo cuando llueve.
En fin: veíamos lo de las revoluciones en el mundo árabe y nos preguntábamos, ¿esto podría pasar aquí? Lo hemos intentado. Y bueno, la respuesta ha sido un poco como cuando vemos una serie americana buenísima y nos planteamos, ¿esto lo podríamos hacer aquí?