De la fraudulenta serie Qué Fue De
David Copperfield: «No he desaparecido... pero podría, si quisiera»

Pensábamos ir a Las Vegas en avión, para no repetirnos, porque lo del equipo del QFD atravesando el desierto en coche empieza a ser un cliché tan habitual que incluso nuestros trolls, que no necesitan leer los artículos para ilustrarnos con su docta opinión, acabarán por detectar. Pero como la crisis está como está y, de todos modos, teníamos la Máquina del Misterio aparcada en Los Ángeles, decidimos que nos encanta el olor de los tópicos antes de desayunar y partimos hacia la capital del neón, camino de entrevistar a David Seth Kotkin, más conocido por el dickensiano nombre artístico de David Copperfield o por el potencial título de «señor de Schiffer».
Dieciséis horas y treinta y ocho Donettes después, el GPS anunció: «Ha llegado a su destino». Y en parte, tenía razón. Porque aquella nada de arena y asfalto blanqueado que se extendía en todas direcciones no tenía pinta de ser Las Vegas, como no fuera que el olvido la hubiera sepultado bajo las dunas como en Resident Evil: Extinction, película que algunos habréis tenido la fortuna de no ver. Y sin embargo, el señor que nos esperaba en medio de la carretera, vestido a juego con sus espesas cejas negras bajo un sol abrasador, era, sin duda alguna, David Copperfield.
De no haber sido por el GPS, habría sido difícil encontrarle aquí. «En efecto, es curioso cómo desaparecí de la palestra después de separarme de Claudia. Bueno, no he desaparecido, en realidad. Pero podría, si quisiera», nos cuenta mientras, con una vistosa maniobra de prestidigitador o de pulpo epiléptico, extrae de una chistera, que previamente se ha sacado de la manga, unas cervezas bien frías, para acompañar los Donettes que han sobrado. «En realidad, desaparecer es fácil: es de primero de mago. Lo chungo es volver a hacerte aparecer tú solo.»
«Esto no es magia: son trucos. Casi todo el mundo hace trucos. Jesucristo hacía trucos. Sólo que eran buenísimos.»
David Copperfield es, en efecto, un crack, algo que no nos cuesta reconocer cuando comprobamos que ha conseguido mantener la cerveza apenas sobre el punto de congelación, a cuarenta grados a la sombra. Y esto nos recuerda (y así lo comentamos) al mejor mago que había pasado por el QFD hasta ahora, Juan Tamariz. «Un referente de la profesión», señala David. «Pero él es mago; yo, ilusionista. Hay una pequeña diferencia. Yo no tengo problema en reconocer que esto no es magia: son trucos. Casi todo el mundo hace trucos. Jesucristo hacía trucos. Sólo que eran buenísimos.»
De momento, Copperfield no ha curado a leprosos ni ha resucitado al tercer día —«ese truco es muy chungo si te sale mal», admite—, pero cuando pasó por España, en el zenit de su fama, no se quedó corto: hizo desaparecer la Sagrada Familia. Por aquel entonces (1999) era más conocido por ver a Claudia Schiffer despeinada por las mañanas que por ilusionista. Quizá es que, en nuestro sistema de valores, tenía más mérito lo de la Schiffer que ir haciendo desaparecer templos gaudinianos.
«En cualquier caso, yo no quería ser el señor Schiffer, y ahí admito que los celos acabaron con nuestra relación: modestamente, que un hombre que hace desaparecer la Sagrada Familia sea conocido como “el novio de la chica que camina por una pasarela”, pues, honestamente, me tocaba los huevos.»
«Así que me olvidé de Europa, y regresé a Estados Unidos», continúa Copperfield, dejando la escasa sombra de nuestra furgoneta para acercarse a examinar un rincón del arcén. «Ahora tengo un show en Las Vegas. Aquí aprecian más el espectáculo.»
Y entonces, Copperfield tira de una esquina del desierto que aleteaba al viento, y el telón cae del firmamento y se desliza bajo nuestros pies, revelando los neones de los casinos y el bullicioso tráfico de Las Vegas Boulevard. Justo donde el GPS los situaba. Él ha visto el truco.
