Y este sábado, GP (Grand Parrande) en Mónaco
Bodorrio real en un país que tiene de todo... ¡menos estúpidos plebeyos que griten 'guapa, guapa'! ¿Qué gracia tiene entonces?

Mónaco.— Las calles están engalanadas; los armarios, cerrados; y los paparazzi, con los pulgares bien rociados de Reflex por si sufren un calambre de tanto darle al disparador: todo está listo en el segundo país más pequeño del mundo (y el más rico, más densamente poblado y con mayor esperanza de vida) para un bodorrio real. Alberto de Mónaco se casa con Charlene Wittstock, ¡y nosotros con estos pelos!
No hace falta insistir en lo muy relevante que es esto: si aún hacéis vida de barrio, bastará con que paséis por la peluquería la semana que viene y alguna vecina os lo contará como si hubiera visto pasar el carruaje nupcial por la avenida Princesa Grace. Cosa que, seguramente, no ha hecho.
Y es que la casa real monegasca, sí, es la guinda sobre la crème de la crème, pero como decía Homer Simpson, «hay algo que nunca podrán comprar: un dinosaurio.»
No; en serio: hay algo que Alberto no tendrá en su boda, y son plebeyos. Por supuesto que todo el país estará allí, desde los croupiers del casino hasta los millonarios rusos que les saludarán con un Lamborghini en cada mano y sentados a lomos de una Miss Universo, porque son tan ridículamente ricos que pueden permitirse hacerse un lío con los accesorios. Pero ese es el problema: que si eres el príncipe de Mónaco, hasta los vasallos de tus vasallos se echan caviar en los chocokrispis.
Lo que Alberto no verá, lo que Alberto envidia de la monarquía inglesa o la española, es una desbordante y amorfa masa de vasallos, apenas contenida por los antidisturbios, que le griten evidentes mentiras como «qué guapo eres» o «qué mata pelo tienes». No tendrá el placer de observar formas de vida cien mil veces más pobres cantándole saetas como si alguna vez hubiera hecho algo por ellas. No oirá los vítores de gente que no espera un favor, ni un plaza en el puerto, ni un permiso de obras, ni siquiera una foto, sino el simple placer de mojar los pantalones en su presencia.
Alberto, principito de su pequeño reino de lujo, jamás tendrá algo así. Y entonces, un día, justo antes de morir, dirá: "Rosebud". Y será de esto. Mira lo que te digo.