De la entrópica serie Qué Fue De
Las gemelas de Sweet Valley: «¡30 años! Pero entonces, esas cremas antiedad, ¿qué coño hacen?»

Jessica Wakefield está en la bañera, rodeada de pudorosa espuma que tapa su desnudez, intentando cortarse las venas con una Epilady. Su hermana cuatro minutos mayor, Elizabeth Wakefield, se sienta en un taburete de felpa rosa, hecho con la piel de un bebé marioneta de Barrio Sésamo, bloc y bolígrafo en mano, como buena periodista que es, para tomar nota de las últimas palabras de su hermana. Como Jessica no tiene ni un milímetro de carne entre la piel de la muñeca y el cúbito, es probable que estas tarden en llegar. Así que nos permitimos llamar a la puerta y preguntar:
—¿Interrumpimos algo?
—¡Sí, mi decrepitud!—grita Jessica, surcadas sus mejillas de seda por afortunadas lágrimas de desesperación.
—Acaba de cumplir treinta años —explica Liz—. Bueno, acabamos.
—¡Tú, hace ya cuatro minutos, vieja pelleja! —le espeta Jessica.
Todo esto ocurría en Sweet Valley, una idílica comunidad en el sur de California a la que hemos acudido creyendo que nuestra visita de la semana pasada a La Aldea del Arce nos había vacunado de por vida contra lo cursi.
Estábamos equivocados. Sweet Valley, el paraíso de césped y descapotables donde las gemelas Liz y Jessica pasaron una adolescencia sin granos, olores ni enfrentamientos, entre las sonrisas de todo un pueblo que las adoraba como epítome del sueño rubio californiano, es todavía más kitsch en el siglo XXI.
Los estudiantes de Sweet Valley High han ñoñoevolucionado a yupis, todo sin dejar de servir de modelos a Tommy Hilfiger. Aquellas niñas con cuerpo de señoritas son ahora mujercitas liberadas en busca de cuerpos de niñas; a veces literalmente, rollo Elizabeth Bathory. Chicas modernas e independientes, salvo por el Jack Daniels, el Demerol, la revista W y sus dietistas. Los dormitorios rosas con cojines bordados han sido sustituidos por funcionales hogares minimalistas con lienzos monócromos de Kandinsky y enormes catálogos de pintura intentando colmar librerías desiertas. Nuestra fotógrafa ha vomitado en un cuenco de cerámica lleno de piedras redondeadas.
Así es como hemos llegado al cuarto de baño (azulejos rojos, porcelana fucsia, metrópolis enteras de frascos y cremas), a punto para presenciar el suicidio de Jessica Wakefield.
—¡Treinta años! —llora, desconsolada— ¿De qué me ha servido tanta crema antiedad? ¡Treinta! No veintidiez, ni dieciveinte; ¡treinta! ¡Dios Santo, Lizzy, treinta es la decena que corresponde a mamá!
—Hace tiempo que mamá tiene más de treinta, Jess —contesta su siempre ecuánime hermana.
—¡Ya, pero es que ella se dejaba mucho!
—Deducimos que vuestros padres ya no están con nosotros —intercalamos, por aquello de atentar una entrevista.
—No, desgraciadamente —responde Liz, obligada a decelerar su sonrisa por un nanosegundo—. Tuvieron un accidente esquiando. Al menos se fueron con algo de glamour —añade, lanzando una mirada de soslayo a su hermana suicida.
—¿Qué insinúas? ¡Cortarse las venas vuelve: lo leí en el Vogue! ¡No pretenderás que me atiborre de pastillas como la vacaburra de Brittany Murphy! —grita Jess, entre sollozos que a sus quince años habrían sonado tiernos y consolables, pero ahora, por alguna razón, o por treinta razones, empiezan a dar grimilla.
—No le hagáis caso —nos explica Liz, ladeando la cabeza para que su pelo, al agitarse, describa la señal internacional de la diplomacia—. Le pasó lo mismo a los 28 años, a los 25, a los 24 y medio y el día que entró en la Universidad de Malibú. Tenéis que entenderlo, es la presión de haber sido protagonistas de novelas juveniles y una teleserie de media tarde: tu época dorada fue entonces, y a partir de ahí, todo es cuesta abajo.
—Bueno, no creáis —replicamos—. Hace dos años fuimos a ver a Los Famosos Cinco, de Enid Blyton, y ellos siguen siendo unos mozalbetes. Cosa de los genes, suponemos.
Lo último que ocurrió después de soltar esta frase es que Liz se metió vestida en la bañera con su hermana, armada de una desechable. Pero que se fastidien. Por tocarnos a Brittany Murphy.