De la pugilística serie «Qué Fue De»
Paco Lobatón: «¿Quién sabe dónde estoy? »

Por supuesto que no se nos escapa la ironía de que la persona más apta para encontrar a Paco Lobatón sería, evidentemente, Paco Lobatón. No en vano este periodista jerezano de larga trayectoria es recordado, a la primera sinapsis, como el presentador de un formato rompedor allá cuando los formatos eran rompibles (ahora son como mierdecilla dúctil): Quién sabe dónde (TVE, 1991-1998), reality show de cuando no se llevaba usar neologismos ingleses. En él, Lobatón difundía fotos e historias de gente que bajó un día a comprar tabaco y nunca más se supo; y, con la ayuda de los espectadores, daba con ellos. No siempre en el estanco.
Por suerte, si existe hoy un heredero del título de buscapersonas que Lobatón dejó vacante, el equipo de QFD, modestamente, lucha por serlo. Pusimos toda la carne en el asador. Nos la zampamos, y luego ya nos pusimos al trabajo. Y en menos de tres días y noches de conferencias internacionales y café en vena, localizamos a nuestro hombre en latitud 8º 54’ 24’’ S, longitud 74º 5’ 30’’ O: Paso de Chuacatanca, en Perú.
Y así, cuando alcanzamos a Paco Lobatón, sentado junto a una alberca donde abrevan las llamas, su bigote y sus ojeras desmayados con la misma lasitud que las orejeras de su gorrito, lo primero que nos dice es: «Claro, con Google, cualquiera, ¿no te jode?»
No le falta razón: como la imprenta mató el encorvado arte del copista, Internet hirió de muerte al raro oficio del buscapersonas. Hoy, un simple interrogatorio a las redes sociales nos facilita no sólo el paradero de un individuo, sino su actividad reciente, su agenda de eventos, sus libros favoritos —y si son de los que aquí citan El principito ya pierde uno las ganas de buscarles— e incluso, a menudo, fotos en calza corta. Quién sabe dónde, hoy, es una pregunta superflua.
«Las nuevas tecnologías fueron la estocada final a un programa vano por definición —reflexiona Paco—: la investigación de casos de desapariciones, generalmente motu proprio (porque si había secuestro o algo de muy mal rollo detrás, los de Esta noche cruzamos el Mississippi tomaban el caso), culminada con el hallazgo de gente que no quería ser encontrada. En Quién sabe dónde aprendí la importancia de perderse.»
Pero no es eso lo que ha traído a Paco Lobatón a la quinta puñeta: «Yo he venido a encontrarme a mí mismo», nos explica, mientras se zurce un par de agujeros en su poncho con una aguja de madera y lana de alpaca. Aunque siguió trabajando y fue habitual de Canal Sur después de QSD —«entonces no abreviábamos los títulos», comenta Paco con hastío—, el final del hype y el cambio de década le habían provocado una crisis de identidad. «No puedo seguir siendo buscapersonas, porque esa profesión ya no existe y nunca fue realmente necesaria. No puedo seguir siendo periodista de investigación, porque eso tampoco existe ya. Me lo hizo ver Jesús Hermida, cuando fui a su escuela por un curso de reciclaje: hoy vas a la rueda de prensa, no te dejan hacer preguntas, contrastas con la Wikipedia y te vas a casa. Por tanto, si no soy buscapersonas ni periodista, ¿qué soy? Eso es lo que he venido a averiguar, lejos de platós, de ordenadores y de corbatas.»
Mañana Paco abandonará este remoto poblado quechua y seguirá su camino por el solitario espinazo de los Andes. No importan la ruta ni el destino. «Saber el dónde es relativamente fácil; saber el quién, eso es lo difícil. Esto me lo dijo un anciano inca con el que me crucé hace dos lunas. O eso creo, claro; como hablaba en inca no me enteré mucho, pero es igual. También aprendí en Quién sabe dónde que lo que se disfruta más es la búsqueda, no el reencuentro. Esa parte se la dejábamos al Sorpresa, sorpresa. En los noventa había un programa para cada cosa. Lo mío era buscar, y en eso estoy. Si quieren acompañarme, les invito a una pipa de ayahuasca. En cinco minutos, ni yo sabré dónde estamos.»
(Con agradecimientos a Javi Ibáñez.)