De la marejada serie ‘Qué fue de’
Los Rebeldes: «¡Creemos que es posible una canción del verano digna!»

Como ocurre en otras entregas de QFD, alguien leerá el nombre de Los Rebeldes en una sección de supuestas viejas glorias desaparecidas, y exclamará: «¿Cómo podéis ser tan ignorantes para dar por desaparecidos a Los Rebeldes? ¡Siguen sacando discos, siguen dando conciertos, siguen en plena forma y yo sigo siguiéndoles!» A ese alguien queremos decirle: «Señora, nos alegramos de que siga usted a sus hijos; también nosotros les tenemos cariño a los nuestros.»
Pero es un hecho que, por culpa del desahucio televisivo del vídeo clip y la conquista triunfita de Los 40, géneros como el rockabilly siguen vivos sólo entre los rockabillies, en circuitos exclusivos para sus militantes e invisibles para el circunspecto profano, donde sus adeptos se esconden en antros al margen de la ruta del moderneo. Nosotros no teníamos ni idea de dónde se ocultaban Los Rebeldes entre concierto y concierto. Y por eso nos ha sorprendido encontrarlos tirando jarras bajo el techo de mimbre del chiringuito, entre gambitas y almejas. Y entre tapas, también.
Y es que después de meses de extenuantes Quefuedés; de ir de Luisiana a las islas de Japón; con nuestras gargantas secas como la del Cid, y nuestras espadas por templar, éramos apenas zombis cuando planeábamos nuestro verano, lejos de aeropuertos y destinos cosmopolitas, contentos con un villorrio de cal sin cobertura y una cala de difícil acceso, para que los niños lleguen con las piernas rotas y no puedan armar mucha bulla. Y sólo durante la primera mañana de playa el estrés se ha ido evaporando a merced del solano, y al tomar el primer sorbo de cerveza en el chiringuito, como si hubiéramos bebido del Santo Grial (de hecho, el Grial debe de haberse lavado más recientemente que esta copa), hemos tenido la revelación: ¡estamos de vacaciones! Y, un momento: ¿no es Carlos Segarra este que ahora nos pone unas olivicas?
«Lo soy», contesta. «Y esos que están compartiendo delantal y cocinando la madre de todas las paellas son Aurelio y Moisés, bajo y batería originales de Los Rebeldes. Ellos hibernan aún aquí en la playa mientras yo salgo de gira con una nueva formación.»
Y es que a Los Rebeldes el verano siempre les trató bien. Tenían un punto Beach Boys que les llevaba a cambiar el cuero por una camisa de flores a lo John Goodman y cantar aquel Esto no es Hawai (qué guay) con Loquillo, u homenajear la costa levantina en Agua de Valencia con Jaime Urrutia. Sin olvidar, por supuesto, la canción de Los Rebeldes: Mediterráneo. «Si lo piensas, uno de los muy pocos temas dignos que han ocupado el podio anual de canción del verano. Eso fue en 1988. Luego vinieron la ruta del bakalao, King África, OT, las bromas no acabadas a tiempo de Buenafuente, el sexto lífting de Georgie Dann... ¡El paisaje musical veraniego ha sido desolador!» (Nosotros aún nos atreveríamos a salvar algún que otro Amadís de la quema, pero no vamos a defender a Whigfield delante de un rockero fondón con patillas. Somos locos, pero no masocas.)
Por eso Los Rebeldes resisten en el verano. Brille el sol o haya borrasca, defienden este chiringuito como su último alcázar; es el símbolo del verdadero relax estival, del modus vivendi caribeño y el rock and roll positivista. Las últimas composiciones del Los Rebeldes originales (Adriático, Negro y Azov, por decir tres) no han tenido el éxito de Mediterráneo, pero tarde o temprano, entre paella y paella, darán con la fórmula que vuelva a dignificar la canción del verano. Y nosotros vamos a tener el placer de oír en directo sus experimentos. Otra cerveza, y unas bravas. Felices vacaciones.