De la serie que bajó a por tabaco, «Qué fue de»
Devon Sawa: «La muerte también lee el Súper Pop»

Rubio, ojos azules, 21 años de edad y cutis de 9: así era Devon Sawa en la cima de su carrera, cuando protagonizó la primera entrega de la bostezable saga Destino final, y así es aún ahora en el recuerdo de sus fans adolescentes, tal y como le inmortalizaron los pósters de la Súper Pop. ¿Qué necesidad hay de averiguar qué fue de un individuo que, a todas luces, estará peor en la realidad que en la memoria colectiva? Realmente ninguna; pero no está en nuestro carácter plantearnos por qué hacemos nuestro trabajo. No hasta que nos hemos arrastrado hasta el puto culo de Estados Unidos (o sea, Tejas), nuestra fiel Máquina del Misterio ha sufrido una insolación, los buitres vuelan en círculo sobre nosotros, y Devon Sawa, de 32 años y cutis de 64, nos apunta con una recortada a dos centímetros de nuestras narices:
«No muevas ni un músculo, hija de puta. Sé que has venido a buscarme.»
Entonces sí, entonces nos empezamos a cuestionar muchas cosas sobre este trabajo. Pero como somos de buen cumplir, sobre todo cuando alguien nos apunta con un arma de fuego a tan poca distancia que ni su notoriamente alta concentración de alcohol en sangre podría hacerle errar el tiro, pues no movemos ni un músculo y nos quedamos allí estacionados durante un rato largo, entre el sol y el polvo blanco de Tejas, sintiendo acercarse los escorpiones, serpientes y otras curiosas alimañas del desierto.
Y al cabo de una media hora, hasta por romper el hielo, comentamos:
—Ahora entraría bien una Coca-cola fresquita, ¿no?
—Claro, eso es lo que pretendes: que beba algo frío cuando estoy achicharrado para que sufra un shock y puedas recobrar mi alma. ¡No caeré en tus trampas, vieja parca!
—No queremos su alma; con una foto en primer plano y otra, por ejemplo, sentado en la mecedora aguantando la escopeta… Un momento, ¿cree que somos la parca? Esto es un malentendido.
—Estás en baja forma, Muerte. He eludido mejores tretas tuyas.
—Devon, no somos la muerte. Somos tres, y tenemos bastante más chicha en los huesos.
—¡La muerte puede adoptar muchas formas! —exclama Devon, acompañando el exabrupto de movimiento de la escopeta que nos lleva a nosotros y a las alimañas en cien metros a la redonda a agazaparnos. Un solo disparo de ese cañón podría regar de perdigones de aquí a México—. ¡Escapé de aquel accidente de avión! ¡Escapé de aquella colisión múltiple en París! ¡Escapé de aquella piscina en la que caí mientras hacía la digestión! El otro martes bajé la guardia un segundo y ahí estaba: ¡uno de los pececitos antideslizantes que se ponen en el plato de la ducha se había despegado un poco! Campo labrado para desnucarme durante mis abluciones. La muerte me ha señalado y ya es sólo cuestión de tiempo.
—Cojones, Devon, pues como todo el mundo, ¿no? —intercalamos nosotros desde el suelo.
—Ya, ¡pero a mí, en particular, me la tiene jurada! ¡Yo la burlé una vez!
—¡Eso era una peli, Devon! Una de las muchas pelis que has hecho, como… Bueno, no se nos ocurre ninguna otra.
—Salías en el vídeo clip aquel de Stan, de Eminem —recuerda entonces nuestra fotógrafa,
—Ah, ¿sí? ¿Y qué hacía?
—Er… Pues, al final, morías.
—¿Lo ven? ¡Mi destino está escrito! Llevo toda la vida huyendo. Tenía una prometedora carrera en el cine —evoca Devon, con un brillo propio del manga en sus ojos envejecidos que nos disuade de rebatir sus fácilmente rebatibles argumentos—, pero renuncié a mi trabajo, a la fama, a todo. La muerte, al fin y al cabo, es femenina, egoísta y majadera, como una quinceañera: también leerá la Súper Pop. Por eso huí a esta región, donde me he creado un entorno de total seguridad, a prueba de accidentes descabellados y máquinas Goldberg de evisceración.
En efecto, ese es Devon Sawa. Un héroe que no huye de villanos psicóticos ni de némesis sobrenaturales. Huye del azar. Y hasta ahora lo ha conseguido. Lo cual no le hace heroico, sino inmensamente afortunado.
—Sin embargo —decimos nosotros, comprobando que soltar su soliloquio le ha relajado lo bastante para bajar el arma—, para haberte creado un entorno seguro, no es muy lógico que vivas entre animales venenosos y que andes todo el día con una escopeta cargada en ristre.
—Ah, por eso no se preocupen. Siempre compruebo que no se haya colado una tarántula por los cañones antes de coger el arma —asegura, mientras otea en el interior del cilindro con los dedos aún en el gatillo—. A ver… Huy, no, esperen, me parece que hay algo, pero está muy oscuro… ¿Tienen una cerilla?