Seis muertos en un encierro en que los toros iban en monovolumen
«Un éxito», resume el alcalde de Pazos del Ojete, preocupada porque la fiesta mayor estaba perdiendo emoción

El toro Dominguero, uno de los que participaron en el encierro, en su primera clase de autoescuela. (Es el de la izquierda.)
Iberia profundísima. -- Las fiestas de San Antracito, patrón del idílico municipio de Pazos del Ojete, en la comarca de Escuernaburras (Ávila), corrían el riesgo de anclarse en el pasado. Algo intolerable para el nuevo consistorio, de talante arrolladoramente progresista: baste con decir que en cuatro meses ha traído al pueblo el alumbrado a gas y está considerando seriamente sustituir el bus escolar de tracción bovina por un tren de vapor.
El típico encierro de San Antracito (dos docenas de toros bravos bajando por una avenida de hasta tres metros de ancho en el tramo noble) se estaba quedando anticuado, y los mismos mozos denunciaban la rutina. Por eso el nuevo alcalde, Don Augusto Gambruza, ha tomado medidas: «No estamos faltando a la tradición; estamos mejorándola y adecuándola a los tiempos modernos.» Por eso las reses ya no corren por su propio pie, sino que bajan la calle mayor en un Nissan Qashqai cada una.
Los ramaderos del pueblo han invertido semanas en enseñar a los toros a conducir pasablemente, con relativizables resultados. El encierro de domingo, sin embargo, fue un éxito: emoción sin límites, sanas risotadas y apenas seis muertos. «Todos ellos turistas», se apresura a matizar el alcalde, quitando hierro al asunto.
En Pazos del Ojete confían en que esta mejora del encierro tradicional se extienda a otras poblaciones. Cosa muy probable porque, de hecho, tres de los toros siguen a día de hoy conduciendo en línea recta y repartiendo regocijo por donde pasan.