De la microscópica serie ‘Qué Fue De’
Los Diminutos: «Hemos visto adaptadores que vosotros jamás creeríais»

«Pequeños seres bondadosos / están viviendo entre nosotros», cantaba la sintonía. Lo cual nos viene de fábula, porque nos ahorra un viaje al equipo de Qué Fue De. De hecho, suele denunciar su presencia en la casa la desaparición de pequeños objetos cotidianos que ellos utilizan en su vida diaria: imperdibles, botones, dedales, sacapuntas... Sus hogares en el interior de las paredes son como el spa de Barbie construido por niños de la posguerra.
En nuestro caso, no nos llamó tanto la atención la recurrencia de objetos perdidos como la aparición de los mismos en pequeños montoncitos en los rincones, y así es como nos pusimos en contacto con la familia Little, más conocidos en España como los Diminutos, sorprendiéndoles en el momento de formar uno de esos montones de basura minúscula detrás de la mesa del productor.
—¿Estáis devolviéndonos nuestros objetos personales? —les preguntamos— ¡No nos digáis que tenéis previsto mudaros! ¡Apenas os conocíamos!
—Al contrario, sólo estamos haciendo limpieza —nos tranquiliza Dinky, haciendo rodar un botón como una cámara de neumático—. ¡No cabemos en casa!
—Culpa de vuestra sociedad de consumo —apunta el abuelo, que se ha vuelto más gruñón desde la serie de dibujos, si cabe—. A los humanos os han enseñado que cuando se estropea o se pierde algo, más vale comprar otro que arreglarlo o buscarlo siquiera. En mis tiempos, bla bla bla bla. (No lo decimos nosotros; el abuelo ha adquirido la costumbre de sustituir sus retahílas por «bla bla bla», para ahorrarse el esfuerzo lingüístico.)
—Es verdad —apunta la (más) pequeña Lucy, dejando sobre la palma de la mano de nuestra fotógrafa una cajita de cerillas—. Antes lo recogíamos todo; ahora tenemos que ser más selectivos.
—En eso hemos salido ganando —retoma el abuelo, encendiendo su diminuta pipa, que por cierto huele a una combinación entre los L&M que constantemente desaparecen de mi cajón y la piedra de costo que perdí el mes pasado—: hoy en día, lo que perdéis tiene más valor. Antes, cualquier objeto que pasara por la rendija del baño era una baratija. Ahora, en cambio, con la era digital, esto es una fiesta: tarjetas SIM, baterías de litio...
—¡Buf, y la de metros de cable que perdéis los humanos al cabo del día! —recuerda Dinky, cargando un rollo de alambre como un gitano llevándose catenaria de las obras del AVE.
—¡Hemos visto adaptadores que vosotros jamás creeríais! —exclama el abuelo.— Las nuevas tecnologías han revalorizado nuestro mobiliario.
—Pero no os podéis hacer muebles con adaptadores —decimos nosotros—. En cambio, Lucy, con esta cajita de cerillas podrías hacerte una camita estupenda.
—Sí, claro; pero también puedo vender el iPod que perdiste el otro día y comprarme una cama estilo Luis XIV de una casa de muñecas victoriana.
Desde luego, suena más práctico, pero menos entrañable. Parece que la tendencia consumista de los humanos no ha tardado en contagiarse a los diminutos por medio de las alhajas que compartimos. Pero al fin y al cabo, sus precios son justos; se ofrecen a arreglarnos el iPod y no podemos negarnos.
—La vida también se ha encarecido para nosotros —explica el abuelo—. En octubre tenemos que ir todos al centro de Europa, a una boda de nuestros parientes de campo. Familia de mi difunto primo hermano, un médico veterinario llamado David. Gente muy rústica, de barba espesa y siempre con unos gorritos ridículos, pero muy hospitalarios. Ah, ¿les suenan? Ya les daré recuerdos.