La lista de bodas. O, en el caso del enlace Cayetana-Alfonso, «el listo».
¿Qué le regalarías a una mujer que lo tiene todo (y en especial años)?

Sevilla tiene un color especial. -- Cayetana Fitz-James Stuart y Silva ha dado el «jñí», lo que casi todos los presentes lo han interpretado como un «sí». Desde ayer al mediodía, tras la íntima ceremonia en el Palacio de Dueñas (intimísima, apenas tres mil millones de fotógrafos en la puerta: a sus espaldas ha aterrizado una nave extraterrestre de la que ha descendido Elvis, y ninguno ha acertado a hacerle una foto); desde ayer, decíamos, la Duquesa de Alba, dos veces viuda, va a por la tercera. Ya es la señora de Alfonso Díez. Un apellido más pa la saca.
Pero en fin, qué os vamos a contar del bodorrio del siglo de esta semana. ¿No habéis estado? Lo que os habéis perdido. Precioso, precioso todo. Ella, estupenda. Radiante. Como veinte años menos. No le echabas ni uno por encima de 180. Y él, bueno, qué decir de él. Lloró un pocoaba un poco, pero ¿quién de nosotros no lloraría en semejante situación?
Sin embargo, otros detalles que las revistas han ignorado nos preocupan. Por ejemplo, la lista de bodas. En el caso presente, el listo, osaríamos decir. Porque ese es el quid de la cuestión. Todos queremos muchísimo a la Duquesa, como es lógico. Todos tenemos recuerdos de ella. Incluso hay tortugas de mar que son viejas ahora y ya la conocían cuando acababan de salir del huevo. Pero, ¿qué le regala uno a una mujer que lo tiene todo? (¿Y que, lo que no tiene, puede comprarlo?)
Los plebeyos, por suerte, no tenemos que rompernos la cabeza: lo que cuenta es el detalle. Piensen que para esta gente, la renta per cápita es un poco como los años; y nosotros, comparados con la Duuesa de Alba, somos niños de kindergarten. Con una manualidad van que se matan. (Manualidad quiere decir un cenicero de barro o algo así; no una paja. Ya tienen criados para eso.)
Los ricos, esos son los que tienen el marrón. Y mira que los ricos tienen imaginación para los regalos, eso es cierto. Una Visa con crédito ilimitado expande las posibilidades. «Mira, te he comprado un portaaviones. No tenías ninguno, ¿verdad? Ah, ¿sí? Vaya. Ah, pero ¿americano? Este es soviético, pues. Mejor, ahora se lleva el vintage.» Pero claro, puedes acertarle el gusto una vez; esta mujer, en cambio, ya es la tercera vez que se casa. Quieras o no, a la tercera no sabes con qué sorprenderla. «Mira, Cayetana, no sabía qué comprarte y te he traído el Santo Grial. Te quedará cojonudo en la mesita de noche, para dejar la dentadura.» Pero no, porque eso sería como darle otra prórroga de 300 años de inmortalidad, con el incremento de bodas y regalos que eso conlleva. Mala idea.
Al final, el regalo perfecto igual lo ha encontrado la hija de la Duquesa, Eugenia Martínez de Irujo, que no pudo ir al bodorrio porque pilló la varicela. Si ella no la había tenido hasta ahora, cabe la posibilidad de que Cayetana tampoco. ¡Que se la contagie, y le regala toda una experiencia! Regalar una enfermedad, eso es tener clase. Y a alguien que probablemente vio pasar la peste bubónica. Qué punto.