Un asturiano descubre que desciende del oso que mató a Don Favila
Y que, en realidad, no le mató exactamente. Se ve que fue un poco como el chiste de «me parece que tú no vienes aquí a cazar»

Oviedo. -- Don Arístides Megatópilo Albujaceda, ovetense congénito, está la mar de dichoso desde que ha descubierto, a sus 62 primaveras, que sangre azul (bueno, violeta; granate, si eso) circula por sus venas. Y es que sus estudios de genealogía, por los que ha sacrificado varias dioptrías y dos mujeres, encerrado entre polvorientas crónicas y archivos medievales, le han revelado que desciende en línea recta de Favila, hijo de Don Pelayo y rey de Asturias en tiempo de los visigodos. En concreto, desciende del célebre oso que mató a Don Favila.
El casual hallazgo de Don Arístides arroja nueva luz sobre un periodo histórico de siempre muy mal iluminado, como las estafetas de correos. Parece ser que el cuasimítico encontronazo entre Don Favila y el oso no se limitó al típico «aquí te pillo, aquí te despedazo». Se ve que el oso, muy enfurecido por las provocaciones del monarca bravucón, que había entrado en su madriguera en su ausencia y se había comido su cena, sentado en su sillón y dormido en su camita, y muy crecido por su superioridad ante el asturiano, que iba armado únicamente con una cachiporra de esas con una cadena y una bola de pinchos, pensó: «Vaya mierda de arma», como piensa el observador moderno ahora que lo ve con distancia, y, no contento con intentar un regicidio, humilló, abusó y embarazó al rey, que nueve meses después dio a luz a una hermosa hembra medio monarca y medio plantígrada de la que no quedó mucha constancia documental, porque en aquella época, entre pitos y flautas, lo de los hijos bastardos estaba a la orden del día. La semiosezna, pues, creció y al final se casó con un primo lejano de la casa real portuguesa, que la encontró muy agraciada pa lo que tenía en casa, y así se inició una nueva estirpe que culmina en Don Arístides, historiador amateur que se ha mostrado gratamente sorprendido por su propio descubrimiento. «Por un lado, tener genes de oso no es algo de lo que te enteres todos los días», afirma el entrañable anciano. «Por el otro, explica mi enorme hocico y mi debilidad por la miel de la granja San Francisco.» Y mira.