Una historia de supervivencia y de gusanillo de media mañana
Sufren un accidente en la N-II y uno se come al otro esperando a la grúa

Castelló. — Josefo Esparragúnez Alfilla y Anacleto Bordegozo Pantagruel, vecinos ambos de Cagallozas de Arriba, Valencia, sufrieron un accidente a bordo de su Seat Ritmo del 78 en la N-II, camino de Amposta. Ninguno de los dos sufrió heridas de consideración, si exceptuamos el hecho de que el primero fue devorado por el segundo mientras esperaban al servicio de asistencia en carretera.
Después de que el vehículo cayera en la cuneta por una distracción al volante de Josefo, que estaba doblando un mapa con una mano, sintonizando la radio con la otra y conduciendo con la que le sobraba, los accidentados llamaron al seguro y se sentaron a esperar a la grúa. «Pero pasaba el tiempo, el hambre apretaba y la desesperación nubló nuestro juicio», narra Anacleto, atormentado por el arrepentimiento y por los gases tras haberse comido a su mejor amigo. «Cuando llevábamos veinte minutos, tuvimos que tomar una decisión. Josefo lanzó una moneda al aire. Yo, más práctico, le lancé un canto rodao a la cabeza», confiesa el superviviente, que pese a la tragedia insiste en humanizar sus propias acciones. «No crean que me lancé sobre él como una hiena sobre un ñu artrítico. Le di muerte con todos los honores y lo preparé bien asadito y acompañado de patatitas y coles de Bruselas.» Todo eso se lo prestaron en un restaurante que había a unos pocos metros.
Anacleto regresa a su pueblo esta tarde, pero la dura experiencia le ha cambiado para siempre. «Soy otro hombre», asegura entre lágrimas. «Sólo espero que puede dejar este crimen en la carretera y que no me persiga toda mi vida», asegura, subiendo al autocar cargado con las sobras de la comida en varios Tuppers.