Los gilipollas de la semana: RTVE
Por lo que todas las empresas que hacen recortes: ¡que sólo ven el recortable en el ojo ajeno!

Torrespaña. -- RTVE está como tu empresa o la mía (más como la tuya, si da la casualidad de que trabajas en RTVE): con el agua al cuello. Por eso sus ejecutivos, gente a la que se distingue por llegar al trabajo cuando le rota y no hacer uso de la máquina del café, deciden que hay que apretarse el cinturón. Entonces sacan las tijeras y empiezan a podar: este departamento nunca me gustó, lo que hacen estas tres personas puede hacerlo un externo infrapagado, esta máquina de café nunca la he usado... Y así, centimito a centimito, da la sensación de que ahorran. Lo cual es un poco como cuando te quedas sin memoria en el disco duro y empiezas a borrar fotos viejas y documentos olvidables: un JPG por aquí, un Word por allá... Mientras tu colección de 44 gigas de porno japonés en alta resolución sigue instalado en la memoria como un Gaddafi en el trono de Libia. Exactamente igual hacen los directivos, ejecutivos y consejos de administración de empresas de todo el mundo. Ninguno de pronto se mira el ombligo (y mira que normalmente son incapaces de mirar a ningún otro sitio) y dice: «Un momento: yo cobro al año más que toda la planta, sólo para llegar a este despacho a las diez y media los días que llego, quedar para almorzar o jugar al golf, reunirme durante horas con otros tres inútiles de mi calaña y tomar dos o tres decisiones al día en base a cosas que no entiendo ni por casualidad. Si yo y todos los de mi absurda categoría nos recortáramos el sueldo un 20% y nos quitáramos el coche de la empresa, aún sacaríamos el barco a flote. ¿Cómo no se me había ocurrido hasta ahora? ¡Debo de ser un cabrón avaricioso o un perfecto estúpido!»
Pues bien, en el consejo de administración de RTVE, posiblemente, alguien ha hecho ese razonamiento ut supra. Pero debe de haber llegado a la conclusión de que sí, que es un cabrón avaricioso, y por eso han preferido conservar el secretismo sobre lo que cobran al cabo del año, cuánto cuesta su personal de apoyo, cuánto gastan de Visa Oro, y más cosas que nunca sabremos. Así nos ahorran el disgusto. «Y qué cojones», habrá pensado el ejecutivo iluminado, «que nuestra empresa es nuestra y sabemos como administrar nuestro dinero. Bueno, claro que la empresa es pública y el dinero no es exactamente nuestro. Joder, me voy a casa: tanto elucubrar me hace tener pensamientos comunistas. Chófer, al club de polo.»