Encuentran el cuerpo de Lorca gracias al ‘gaydar’ de Boris Izaguirre
Lo que no se logró en décadas de abrir fosas, lo ha logrado Boris al grito de «¡ese momeeeento republicano!»

Granada, tierra soñada por mí. — Hace 70 años de la Guerra Civil, pero «las heridas siguen abiertas», como suelen decir los artistas españoles mirando al horizonte y con cara de «buah, seguro que esto que digo no lo ha dicho nunca nadie». Ayer jueves no se cerró ninguna de esas heridas —más bien se abrió un agujero importante cerca de Albufaja de la Chumbera, Granada, en el pinar que hay según se sale, a la derecha—, pero sí se suturó uno de los enigmas planteados por la guerra: el paradero del joven poeta Federico García Lorca, cuya carrera se vio tristemente truncada a manos de un pelotón de fusilamiento por un tonto quítame allá esa república, en agosto del 36. Y debemos este hallazgo al cuasimítico gaydar (fusión del inglés gay radar), el extraordinario poder intuitivo exclusivo de los homosexuales que les permite reconocer a otro homosexual entre la multitud y, en este caso, como si de zahoríes se tratara, ¡a diez palmos bajo tierra!
«Madurábamos la idea del gaydar desde hacía tiempo», explica Emilio Gufranda, un joven historiador de 57 tacos que encabezaba la investigación. Estudios científicos han demostrado que, gracias a este sexto sentido exclusivo de la comunidad LGBT, un homosexual es capaz de detectar sin error alguno a otro cuya orientación fuera desconocida por todos los que le rodean, incluso por sus íntimos, ¡incluso por sí mismo! Pero en este caso, como bien apunta Gufranda, «no se trataba de confirmar la homosexualidad de Lorca, de la que cabe poca duda, ¡sino de seguir el rastro de la misma para encontrar su cadáver!» La idea era revolucionaria: asumir que la pluma es como el carbono 14, que va descomponiéndose poco a poco y se conserva años y siglos después de la muerte.
«Para semejante tarea de detección y precisión requeríamos el equivalente al telescopio Hubble de los gaydars. Y ahí es donde entró en acción Boris Izaguirre.» Durante seis «inolvidables» días, Gufranda recorrió la provincia de Granada en un Seat Panda con Boris Izaguirre de copiloto asomado por la ventanilla cual perreque, esperando a que el sentido arácnido le indicara dónde estaba enterrado el poeta. ¡Cuál no sería su alegría al encontrarlo! «Boris no pudo evitar señalarme el sitio exacto bajándose los pantalones como en los tiempos del Crónicas. Bueno, en realidad se bajaba los pantalones varias veces al día. Pero esta vez fue especial», admite Gufranda. «¡Tuve que imitarle!»
La excavación dio su fruto: Gufranda destapó una fosa común que contenía, en efecto, el cuerpo del poeta, amén de otros varios esqueletos humanos que parecían estrechar las cuencas de sus ojos vacíos al volver a ver la luz del sol, con cara de «dejad de hacer pelis y libros sobre la puta guerra civil, cojones, que parece que nos queráis matar otra vez de aburrimiento». Otra piececita encajada en el gran puzle de la historia.