‘El libro de Jobs’: ¡escenas eliminadas! (y 3)
Publicamos el final que nadie osó publicar. (Que fuera mentira quizá tenía algo que ver, pero aun así... ¡Exclusivón!)

[Extracto de El Libro de Jobs, Cerdanyola Ediciones, 2011.]
En Mayo de 2011, Steve Jobs regresó a Ciudad del Vaticano para acabar de resolver lo de su canonización in vita. Como es sabido, para que Roma te dé el carné de santo (que ofrece, entre otras ventajas, numerosos descuentos en la Fnac y derecho a que rebobinen la película si llegas tarde al cine), tienes que sacarte tres milagros. Jobs ya tenía dos: el primero fue proteger de la policía a una muchedumbre de tecnoadictos que acampaban frente a la tienda de Apple en Nueva York en enero de 2010, semanas antes del estreno del iPhone 1¾ , para lo cual Steve desarrolló y lanzó en tiempo récord una aplicación llamada iTorch que convertía el móvil en una antorcha encendida, ante cuyas llamas los antidisturbios huyeron despavoridos, gritando «hombres controlar fuego» y otros desatinos. El segundo milagro fue predecir que El discurso del rey se llevaría el Oscar al mejor guión cuando casi todo el mundo apostaba por Cisne negro. Esto último no tenía tanto mérito, pero varios Consulting Lameculos Managers de Apple insistieron en llevarlo a la atención del papa, y acabó colando. Para el tercer milagro, Steve pensaba caminar sobre agua previamente convertida en vino. Al final se pegó un chapuzón, pero el consenso entre los maqueros es que la culpa fue de la piscina, que estaba mal hinchada.
Aunque sin carné de santo ni licencia para resucitar muertos, Steve Jobs ya era por aquel entonces un mesías de facto, esporteando barba como Jesucristo y con una masa corporal comparable a la de Gandhi. Cenaba pan Bimbo, que es plano y de bordes redondeados. En una noche de LSD, que aún consumía de vez en cuando, tuvo la visión de un mundo en el que los libros electrónicos se imprimirían y presagió que las pantallas estaban muertas. Otro día curó a una secretaria de su inestabilidad: le quitó la Power Balance, y la mujer siguió andando. La eterna cola de fieels maqueros frente a su casa ya no venía a por juguetitos electrónicos: querían que Steve curara sus enfermedades terminales poniéndoles una mano en el pecho. Curación táctil, la llamaban. Morían al cabo de dos o tres días, por supuesto, pero seguía siendo más eficaz que la homeopatía.
En octubre de 2011, Jobs murió mientras desarrollaba una aplicación que curaba el sida. Podría haberse resucitado a sí mismo, pero al no tener los papeles de santo, siempre buen ciudadano, optó por no hacerlo. Para conmemorar su modestia, ese día pararon todas las guerras, ETA decidió dejar las armas e israelíes y palestinos montaron una orgía.
[Nota del editor: este último capítulo de El Libro de Jobs levantó sospechas de parcialidad en la editorial, lo que llevó a la eliminación de estas escenas. El resto del libro (electrónico impreso) habría llegado a las tiendas de no ser por unos maqueros integristas calaron fuego a la edición por representar a su profeta en la portada.]