Llega la policía trolera (no de mentir, sino de ir a por trolls)
«Me encanta el olor a comentarista cagado por la mañana»

No country for old trolls. -- Todo queda en Twitter. Fue en el Twitter de la poli donde salió este pedazo de titular: "La Policía Nacional detiene a un tuitero e imputa a otros 3 por amenazar de muerte a un prestigioso periodista deportivo vía #Twitter". El periodista deportivo era Juanma Castaño (Cuatro y COPE), que declaró: «Si tuviera que denunciar todos los insultos que recibo vía Twitter, no saldría de la comisaría. Pero las amenazas ya son otro nivel.» Cuando vio el nivel traspasado demasiadas veces, lo denunció, y patapam. (Interesante término periodístico, patapam.)
El caso ha salido a la luz pocos días después de uno aún mejor, que leemos en la edición digital de El País: el de Eva Hache, que hizo una denuncia similar por Twitter mismo, y fue respondida de idéntica manera. Un usuario amenazó con apuñalarla. Ella, ni corta ni perezosa, escribió un tweet mencionando a @policia y @Guardiacivil062, con el texto «Hola, buenas noches, señor agente», e incluyendo un pantallazo como prueba del asunto. «Mensaje recibido, Eva, lo tiene GDT [Grupo de Delitos Telemáticos]. Tendrás que presentar denuncia, pero estamos en ello», respondió prontamente la Guardia Civil.
Ambos casos sientan un hermoso precedente. Durante la era oscura de Internet que aún vivimos, ogros y malhechores vagan por los caminos. Los trolls se sientan en los arcenes y meten camorra porque sí. Amparados por el anonimato (firmar lobeznoxx69 es anonimato), los usuarios opinan en caliente y sin atisbo de autocensura. Se recurre con frecuencia a la descalificación y al insulto. Si la habilidad de escuchar los argumentos del prójimo antes de rebuznar los nuestros ya es poco común entre españoles en el mundo real, en Internet tiende a menos infinito. Nos crecemos, chuleamos, hacemos gala de un sentido del humor cuestionable, expresado a un nivel sub-ESO, y, como al fin y al cabo, nadie sabe dónde vivimos, dejamos suelto al cretino que llevamos dentro. Y ni siquiera muy adentro. De hecho, cuanto más compulsiva es tu necesidad de opinar, más a flor de piel yace tu estupidez.
Pues bien, se ha empezado a poner freno a esto. De momento son los que amenazan a famosos, los acosadores y ciber-bullies. Pronto, esperamos, los que insultan. Y cuando ya sean los que comentan «lo que el Gobierno tendría que hacer es», este país empezará a ser un buen lugar en el que tener ADSL. Velocidad aparte.