Albert Pallarés
Castelló de la Plana, 1965
Albert Pallarés vino “como todos los jóvenes, a llevarse la vida por delante”. Así que, desde bien temprano, se dedicó a pasárselo bien. Quizá no destacó en los estudios (bueno, quizá no, ¡seguro!), pero sí en salir por las noches. Entre trago y trago, aprendió a dibujar (¡), pasó por la universidad (sin empezar), por la escuela de ilustración (sin acabar) y trabajó haciendo de todo un poco: de machaca en agencias de publicidad, de escaparatista, pintando castillos hinchables, ilustrando cuentos infantiles y, todo un clásico, de camarero, recogiendo fruta y pegando carteles, entre otras honrosas ocupaciones.
Lo que nunca dejó de hacer es leer tebeos y dibujar historietas. Pasó la edad de oro del cómic (los ochenta) sin publicar. Periódicos, editoriales y revistas continuaban rechazando sus propuestas… hasta que sonó la flauta: El Jueves estaba dispuesto, no sólo a publicarle algo, sino, encima, ¡a pagarle por sus dibujos! Baldomero tuvo la culpa. Más tarde también picaron otros incautos, los de El Mundo, de Catalunya, para que les hiciera la viñeta diaria.
Al cabo de poco empezó con Olegario Gandaria, profesor de secundaria; y así, hasta el día de hoy. Indudablemente, no es Hergé, ni Ibáñez, ni Lauzier: es mejor que todos ellos.