Doctor Villegas

Al igual que algunos coetáneos y amigos personales míos como Antonio Escohotado, Federico Jiménez Losantos o Fernando Sánchez Dragó, en los 80 yo también fui un alocado y rebelde "chico ye-yé". Pantalones de campana, drogas psicodélicas, viajes en furgoneta y eternas discusiones sobre Herman Hesse (al que no habíamos leído) y Sartre (aún menos).

Odiábamos con todo nuestro espíritu la vida gris y burguesa de nuestros padres, por lo que sufríamos horrores cada vez que había visitarlos para que nos dieran dinero para sufragar nuestra rebelde bohemia.

Como habréis podido deducir, queridos lectores, sí, en mi juventud yo también fui comunista. Lo que entonces se traducía en llevar jersey de cuello alto y barba hirsuta, inventarse que habías estado en el Mayo del 68 y discutir vehementemente sobre marxismo.

Esta era la parte más fácil de todas ya que nadie se había dignado a leer El Capital, así que, sencillamente, le dábamos la razón al que se había dejado la barba más larga y nos íbamos a casa.

A mediados de los 70, organizamos con unos camaradas un viaje a China para contemplar los grandes logros del maoísmo. Sin embargo, por un tema relacionado con una enfermedad-venérea-digamos-que-un-tanto-virulenta, yo no pude ir. Contratiempo del que, tiempo después, me alegré, ya que a la vuelta solo hablaban de hambre, penuria y totalitarismo.

Me sentí profundamente indignado. ¿Dónde estaban las orgías con drogas ininterrumpidas? ¿Y las níveas hippies de una innocente concupscencia sexual? ¿Y los océanos de senos siempre a disposición de tu voracidad?

Sorprendidos (y debo admitir que también relativamente mosqueados) me dijeron que eso eran las comunas hippies, y que NADA tenían que ver con el comunismo, ni con el marxismo-leninismo ni con ningún tipo de ideología práctica.

Así que traicionado por el comunismo, y sin esperanza de encontrar consuelo en ninguna otra ideología, me lancé a los brazos de la religión.

Me hice liberal.

La más grande tragedia que puede afrontar un hombre es la calvicie. Bueno, técnicamente la más grande tragedia sería el cáncer, porque se quedaría calvo y, además, tendría cáncer. Que es bastante chungo porque te puedes morir.

Y además estás calvo.

Aunque, bueno, si pensamos detenidamente en la cuestión, hoy en día mucha gente derrota al cáncer en singular combate y luego aseguran que la proximidad a la muerte les ha insuflado una nueva vitalidad. De hecho afirman que es mayor su felicidad DESPUÉS de superar la enfermedad que ANTES que tenerla. Es tal el cambio vital experimentado que publican libros en cuyas portadas aparecen con una sonrisa extática.

Parece que vuelven de Port Aventura en lugar de la unidad de oncología del Gregorio Marañón.

La lucha contra el cáncer se ha convertido, con el tiempo, en uno de los más rentables subgéneros de la literatura de autoayuda. Algunos libros de exenfermos llegan a convertirse en best-sellers y sus autores en millonarios primero, y muy probablemente en COCAINÓMANOS después.

Pero bueno, ¿quienes somos nosotros para censurar la manera en que una persona celebra que ha superado el drama de la calvície?

Las salas de cine han sido invadidas por una horda de übermensch neofascistas dotados de poderes delirantes. Hablo del cine de superhéroes. A menudo se atribuye el auge del género a factores como el relevo generacional en la dirección creativa, las fantasías de poder masculinas o el miedo a las arañas. Sin embargo, como psicólogo de prestigio, mi excelente dominio de los resortes de la mente es capaz de arrojar luz sobre el asunto y revelar la verdadera razón de esta fiebre superheróica:

El auge del cine de superhéroes se debe a una fuerte represión homosexual.

Los jóvenes y no tan jóvenes que acuden al teatro de los sueños (muchos de ellos vírgenes o cuasi-vírgenes) no lo hacen atraídos por la épica hercúlea de sus historias, sino por un irrefrenable deseo de ver a hombres enfundados en mallas, con sus glúteos petrificados y su escroto perfectamente embolsado en uniformes dos tallas más pequeños.

¡Por Dios, si incluso uno de estos grupúsculos homoerotizantes se hace llamar X-Men! ¡Incluso hay uno que recibe el nombre de Iron-Man! ¡El Hombre-Plancha!

¿Qué hay más gay que un hombre que hace las labores del hogar? Esto por no hablar de Batman, un forzudo enfundado en un traje de leather que gusta de atar a otros malotes para infringirles dolor con todo tipo de disparatados juguetes sexuales. ¿Y qué es la Batcueva, oscura y húmeda morada en la que se esconde, si no una sublimación de su deseo de permanecer dentro de un ano de caballero?