Doctor Villegas

La más grande tragedia que puede afrontar un hombre es la calvicie. Bueno, técnicamente la más grande tragedia sería el cáncer, porque se quedaría calvo y, además, tendría cáncer. Que es bastante chungo porque te puedes morir.

Y además estás calvo.

Aunque, bueno, si pensamos detenidamente en la cuestión, hoy en día mucha gente derrota al cáncer en singular combate y luego aseguran que la proximidad a la muerte les ha insuflado una nueva vitalidad. De hecho afirman que es mayor su felicidad DESPUÉS de superar la enfermedad que ANTES que tenerla. Es tal el cambio vital experimentado que publican libros en cuyas portadas aparecen con una sonrisa extática.

Parece que vuelven de Port Aventura en lugar de la unidad de oncología del Gregorio Marañón.

La lucha contra el cáncer se ha convertido, con el tiempo, en uno de los más rentables subgéneros de la literatura de autoayuda. Algunos libros de exenfermos llegan a convertirse en best-sellers y sus autores en millonarios primero, y muy probablemente en COCAINÓMANOS después.

Pero bueno, ¿quienes somos nosotros para censurar la manera en que una persona celebra que ha superado el drama de la calvície?

Las salas de cine han sido invadidas por una horda de übermensch neofascistas dotados de poderes delirantes. Hablo del cine de superhéroes. A menudo se atribuye el auge del género a factores como el relevo generacional en la dirección creativa, las fantasías de poder masculinas o el miedo a las arañas. Sin embargo, como psicólogo de prestigio, mi excelente dominio de los resortes de la mente es capaz de arrojar luz sobre el asunto y revelar la verdadera razón de esta fiebre superheróica:

El auge del cine de superhéroes se debe a una fuerte represión homosexual.

Los jóvenes y no tan jóvenes que acuden al teatro de los sueños (muchos de ellos vírgenes o cuasi-vírgenes) no lo hacen atraídos por la épica hercúlea de sus historias, sino por un irrefrenable deseo de ver a hombres enfundados en mallas, con sus glúteos petrificados y su escroto perfectamente embolsado en uniformes dos tallas más pequeños.

¡Por Dios, si incluso uno de estos grupúsculos homoerotizantes se hace llamar X-Men! ¡Incluso hay uno que recibe el nombre de Iron-Man! ¡El Hombre-Plancha!

¿Qué hay más gay que un hombre que hace las labores del hogar? Esto por no hablar de Batman, un forzudo enfundado en un traje de leather que gusta de atar a otros malotes para infringirles dolor con todo tipo de disparatados juguetes sexuales. ¿Y qué es la Batcueva, oscura y húmeda morada en la que se esconde, si no una sublimación de su deseo de permanecer dentro de un ano de caballero?

Históricamente, Occidente siempre ha tenido enemigos que han conspirado por socavar los valores que le definen como civilización. Primero fueron los dinosaurios. Después Astérix y los irreductibles galos. Más tarde los inmigrantes (o como los llamaban en la Edad Media: el imperio otomano). En el siglo XIX fue el psicoanálisis de Freud y en el XX el rock and roll.

¿Y cuál es el peligro que desafía a Occidente hoy en día? Pues ni nada más ni nada menos que Netflix.

Para los que no lo conozcáis Netflix es un servicio de series on-line que empieza con la misma letra que la palabra “nazis”. ¿Casualidad? Yo no lo creo. A cambio de una cuota mensual el usuario puede ver todas las series que quiera. Netflix ofrece un entretenimiento infinito, si entendemos por entretenimiento pasarse horas y horas en una misma posición, con la vista clavada hacia delante y envuelto de un manto de semioscuridad como si fueses un francotirador.

Francamente para nada excitante.

Aún así, muchas parejas jóvenes gustan de usar Netflix como pegamento de su relación una vez se ha esfumado la libido. En lugar de mirar a la cara de su fracaso prefieren adormecer y confundir sus emociones con maratonianas sesiones nocturnas de series. Y así mueren, viejos, insatisfechos y sin hijos que perpetúen los valores de Occidente mientras esos malditos inmigDIGO, esos del imperio otomano no paran de procrear, igual que los rockeros, y los psicoanalistas e incluso los dinosaurios. Si hasta hay unas galletas sobre estas bestias que se venden en los supermercados a los inocentes niños.

¡Es el fin de Occidente! ¡EL FIN!