Doctor Villegas

Las salas de cine han sido invadidas por una horda de übermensch neofascistas dotados de poderes delirantes. Hablo del cine de superhéroes. A menudo se atribuye el auge del género a factores como el relevo generacional en la dirección creativa, las fantasías de poder masculinas o el miedo a las arañas. Sin embargo, como psicólogo de prestigio, mi excelente dominio de los resortes de la mente es capaz de arrojar luz sobre el asunto y revelar la verdadera razón de esta fiebre superheróica:

El auge del cine de superhéroes se debe a una fuerte represión homosexual.

Los jóvenes y no tan jóvenes que acuden al teatro de los sueños (muchos de ellos vírgenes o cuasi-vírgenes) no lo hacen atraídos por la épica hercúlea de sus historias, sino por un irrefrenable deseo de ver a hombres enfundados en mallas, con sus glúteos petrificados y su escroto perfectamente embolsado en uniformes dos tallas más pequeños.

¡Por Dios, si incluso uno de estos grupúsculos homoerotizantes se hace llamar X-Men! ¡Incluso hay uno que recibe el nombre de Iron-Man! ¡El Hombre-Plancha!

¿Qué hay más gay que un hombre que hace las labores del hogar? Esto por no hablar de Batman, un forzudo enfundado en un traje de leather que gusta de atar a otros malotes para infringirles dolor con todo tipo de disparatados juguetes sexuales. ¿Y qué es la Batcueva, oscura y húmeda morada en la que se esconde, si no una sublimación de su deseo de permanecer dentro de un ano de caballero?

Históricamente, Occidente siempre ha tenido enemigos que han conspirado por socavar los valores que le definen como civilización. Primero fueron los dinosaurios. Después Astérix y los irreductibles galos. Más tarde los inmigrantes (o como los llamaban en la Edad Media: el imperio otomano). En el siglo XIX fue el psicoanálisis de Freud y en el XX el rock and roll.

¿Y cuál es el peligro que desafía a Occidente hoy en día? Pues ni nada más ni nada menos que Netflix.

Para los que no lo conozcáis Netflix es un servicio de series on-line que empieza con la misma letra que la palabra “nazis”. ¿Casualidad? Yo no lo creo. A cambio de una cuota mensual el usuario puede ver todas las series que quiera. Netflix ofrece un entretenimiento infinito, si entendemos por entretenimiento pasarse horas y horas en una misma posición, con la vista clavada hacia delante y envuelto de un manto de semioscuridad como si fueses un francotirador.

Francamente para nada excitante.

Aún así, muchas parejas jóvenes gustan de usar Netflix como pegamento de su relación una vez se ha esfumado la libido. En lugar de mirar a la cara de su fracaso prefieren adormecer y confundir sus emociones con maratonianas sesiones nocturnas de series. Y así mueren, viejos, insatisfechos y sin hijos que perpetúen los valores de Occidente mientras esos malditos inmigDIGO, esos del imperio otomano no paran de procrear, igual que los rockeros, y los psicoanalistas e incluso los dinosaurios. Si hasta hay unas galletas sobre estas bestias que se venden en los supermercados a los inocentes niños.

¡Es el fin de Occidente! ¡EL FIN!

Así es. He querido empezar mi columna de hoy de forma contundente advirtiendo de los peligros de una moda muy extendida entre la progresía. Se trata del veganismo, un trastorno de la alimentación en el que el enfermo decide no comer carne. Pero no se refieren tan solo a deliciosos filetes, si no también a pescado. Sí, para ellos el pescado también es carne porque el bicho en cuestión representa que sufre cuando lo matan. Por el amor de Dios.

¿Habéis visto la cara de un lenguado? ¡Es más inexpresivo que un geranio! ¿Cómo representa que va a sentir nada?

Pero esperad, porque la desviación de los veganos no termina ahí, porque tampoco ingieren ningún producto derivado de los animales como por ejemplo huevos, miel o (es demasiado horrible para decirlo) el queso. ¿Por qué? ¡Pues porque aseguran que hacemos sufrir al animal robándole lo que es suyo! Por favor: mirad el queso de cabra, un imponente y perfecto rulo de cabra, y decidme que esa maravilla ha podido nacer del dolor y el sufrimiento. Imposible. Además, el queso de cabra se hace con leche.

¡Y la leche no tiene sentimientos!

Pero volvamos al tema que nos ocupa. Los veganos no comen nada derivado de un animal. Pero todo el mundo sabe que esa dieta les priva de nutrientes necesarios para mantenerse sanos. Así que comen fetos humanos. O como ellos les llaman: quinoa. La quinoa es un supuesto cereal que sospechosamente no se parece a ningún otro y que sospechosamente solo se puede cultivar en una sospechosamente remota región de los Andes. Y sospechosamente tiene forma de media luna.

¡Sospechosamente igual que un feto!

Eso explica el furor enfermizo que sienten los vegetarianos por implantar el aborto de forma obligatoria a todos los que no votan a Podemos. Y también el odio que sienten por la Iglesia, cuya desinteresada misión evangelizadora en el Tercer Mundo enseña a los negritos y a los no-tan-negritos que el aborto es una aberración, lo cual priva a los veganos de su dosis diaria de pequeñines muertos en paquetes con fotos de montañas y etiquetas de comercio justo.