Manda güevos

Niña se baña minutos después de comer y sobrevive

Cerdanyola Beach.— El susto y drama de sus padres cuando la veían desaparecer hacia lo hondo (bueno, dile desaparecer, dile nadar veinte metros) se tornó en asombro, admiración y gritos de «milagro, milagro » al verla regresar a la orilla sana y salva. Justina Navagorza, de 10 años, se zambulló apenas cinco minutos después de terminar el bocadillo de chorizo del almuerzo y, contra toda intuición popular y axioma científico, no le pasó nada.

Los socorristas que acudieron a atenderla cuando volvió —no podían meterse en el agua porque habían estado picando kikos— dieron paso a médicos, biólogos y peritos de milagros del Vaticano que intentaban dilucidar cómo la niña había esquivado el célebre corte de digestión que, según toda la literatura, tendría que haberle hecho explotar los pulmones a los doce segundos. La opinión popular se divide ahora entre los que consideran a Justina un afortunado error de la naturaleza y los que ven una intervención divina, llegando incluso a ver en Justina al nuevo mesías: «¡Entre andar sobre el agua o meterse en ella después de comer, nos parece más milagroso lo segundo!», afirmaba un testigo extasiado


La ley de la gravedad, al Constitucional

¿Quién dice que todo lo que sube debe bajar?

La ley de la gravedad, al Constitucional

Madrid.— Para Andrés López Vitrúllez, regidor por el PP en Navalapolla, Ávila, todo empezó durante una charla informal con su señora, cuando esta le dijo, mirándole con desdén: «Si los gilipollas volarais...». «Esa hipótesis me abrió los ojos», relata Antonio. «Si voláramos, conquistaríamos los cielos y sobrarían motivos para construir aeropuertos a voleo. ¿Qué nos lo está impidiendo?»

Así comenzó una cruzada contra lo que Antonio y su lobby antigravedad consideran «una ley injusta, impuesta por un tal Newton, sin duda gabacho, que nos tienen manía, y que nos priva de crecer como personas». Su lucha les ha llevado ahora al TC, que debe determinar la constitucionalidad de obligar a todo lo que sube a bajar. «Yo no voté eso en 1978», declara orgulloso Antonio, que tenía seis años en 1978.

Aunque oponerse a una ley física tan elemental pueda parecer insólito, lo es menos si la noticia se coloca en su debido contexto: un 23 % de los votantes de López Vitrúllez también se opone al heliocentrismo, un 57 % duda que la Tierra sea redonda y un 82 % niega el darwinismo: «Si viene de Francia, malo».


Las energías alternativas, siempre amenazadas

El coche a propulsión gatuna, saboteado por las petroleras

Berlín.— Uri Jardiener y Jürgen Märchen fueron recibidos con críticas atroces y amenazas de muerte cuando presentaron en el Congreso de Energías Alternativas de Leipzig su innovador motor de combustión felina, que permitiría a un automóvil cubrir cien kilómetros en una hora consumiendo un gato callejero. «Ni siquiera un pura raza, que daría para ir mucho más rápido.»

Su diseño, inspirado en las ruedas de hámster, está calibrado para exprimir al máximo la energía mecánica que el gato provee (mediante motivaciones tan sofisticadas y científicamente sádicas que es mejor no entrar), convirtiéndola en electricidad que mueve el automóvil. Repostar en cualquier ciudad sería fácil y barato, y en caso de emergencia, una ardilla o una rata grande serían sustitutivos válidos. Jardiener y Märchen sostienen que su invento nos libraría de la dependencia de la gasolina, razón por la que el lobby del petróleo ha orquestado esta campaña para difamarles. «Ojalá se sobrepusieran a sus intereses y se percataran de que los combustibles fósiles son un bien escaso. Debemos abandonar el petróleo. ¡Estamos haciendo daño al planeta!

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