"El Papus" o el humor en serio

40 años de la bomba de El Papus

Antonio Franco

19 septiembre 2017

El atentado yihadista contra Charlie Hebdo actualizó internacionalmente viejas polémicas que habíamos tenido en España durante nuestra transición a la democracia en los años sesenta y setenta del siglo pasado. En aquel momento hubo mucho debate sobre, en general, los posibles límites de la libertad de expresión cuando se utilizó como herramienta de combate contra el franquismo, y en particular esos mismos límites en las publicaciones satíricas que utilizaban como técnica central de su trabajo la herramienta del humor. A raíz de la muerte de varios dibujantes y redactores de la revista francesa han vuelto a efectuarse análisis en profundidad no solo sobre si el humor puede tomarse tan en serio que merezca llegar a considerarse potencialmente delictivo, sino incluso sobre la posibilidad de que en ocasiones una publicación satírica sea entendida como provocadora de unas supuestamente justas reacciones violentas de represalia como la que sufrió la publicación parisina tras sus bromas desmitificadoras acerca de Alá. Hay cierta línea de continuidad entre el atentado ideológico criminal de París y un hecho representativo del nivel de la dureza de la transición española: el ataque a bomba que sufrió la revista El Papus, que tuvo el triste honor de convertirse en la protagonista del primer derramamiento mortal de sangre en una agresión contra la libertad de expresión ejercida en su variante de las revistas de humor. Esa línea de continuidad entre los dos hechos, de París y Barcelona, es en realidad la del desbordamiento de los límites legales del malhumor que puede llegar a generar el humor que se efectúa desde el principio de la libertad de expresión. Ese malhumor contra el humor fue común en los excesos criminales de la extrema derecha fascista española y en el del fanatismo desmedido del radicalismo islamísta, pero en el camino ha protagonizado asimismo otras incidencias en diversos puntos del planeta, y de forma especial en América Latina.

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Cualquier aproximación a la historia de El Papus nos sitúa en el contexto del tardofranquismo de los años sesenta, cuando el régimen autoritario español ya padecía mucho desgaste por el envejecimiento del dictador y la división entre la facción de sus seguidores que creían en la posibilidad de que un franquismo más o menos hermético pudiese sobrevivir al general Franco y quienes creían que debían abrirse vías aperturistas que nos acercasen al tipo de vida democrática de nuestros vecinos de Europa. El trasfondo eran unas nuevas dinámicas que empezaban a presionar en España desde dentro en el mundo laboral, la contestación universitaria, la desafección antifascista de algunos sectores de la Iglesia, el distanciamiento de parte del mundo intelectual, y la presión de un sector del empresariado que aspiraba a un crecimiento económico a partir de las reglas más abiertas del capitalismo europeo. Pero el cemento que interelacionaba estos elementos era lo que llegaba a trascender y publicarse sobre lo que sucedía en los vigilados y presionados medios de comunicación. Utilizando lenguajes ambiguos, sobreentendidos entre líneas y pequeños desbordamientos de la censura. Aquellos fueron unos tiempos muy peligrosos -por las suspensiones temporales de publicación de las cabeceras y por las continuas multas-- para el sector minoritario de la prensa de información general comprometida con la apuesta democrática. Fueron los años meritorios de algunos diarios --como Informaciones y Madrid, en la capital de España, y Mundo Diario y Diario de Barcelona, en la capital catalana-, y de semanarios como Triunfo, Cuadernos para el Diálogo y Cambio 16.

En ese contexto, la prensa humorística tradicional, como La Codorniz y Mata Ratos, quedó desbordaba por la situación, y se inició una etapa en la que fueron apareciendo paulatinamente en el sector nuevas publicaciones cada vez más críticas y afiladas. Un ensayo

general de lo que podía llegar a ser la acidez con tono jocoso se produjo en el terreno teóricamente inocuo del deporte con la aparición del semanario satírico Barrabás, que en realidad, después de ensayar y madurar sus armas con el fútbol, fue el padre de lo mismo, desde la misma empresa y a partir del mismo grupo de profesionales, pero ya con los temas de información general y la política, en El Papus. Grandes ilustradores, encabezados por Ramón Tosas Ivá, Gin, Oscar Nebreda, García Lorente, Jordi Amorós JA, KAP, Vives, Fer, Manel, Ventura y Nieto, Adolfo Usero, entre otros, y periodistas como Maruja Torres, Joan de Sagarra, Vázquez Montalbán, Fernández de Castro, Albert Turró, yo mismo (Antonio Franco), constituíamos el nucleo duro de un cuerpo de redacción abierto a muchos otros colaboradores.

Habían ido apareciendo revistas de humor más contenidas en las formas y en el fondo, como Hermano Lobo, Por Favor y Muchas Gracias, pero la radicalidad y la frontalidad crítica encontraron el liderazgo El Papus, que empezó a editarse en 1973, con descaro y tono anarcoide. Tuvo mucha habilidad en la tarea de ir subiendo progresivamente la desenvoltura e imponiendo un lenguaje muy directo, aunque debe subrayarse que administrativamente lo pagó muy caro con continuas multas, procesamientos, dos etapas de suspensión de la publicación durante cuatro meses, Consiguió un gran éxito en el kiosko (en sus buenos momentos siempre vendió por encima de los 100.000 ejemplares, con puntas de hasta 400.000)y gozó de una gran adhesión por parte de la gente de la calle.

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La subida del listón de lo que llegaba a publicarse en los medios del humor político provocó un efecto de contagio a parte de los colegas periodistas de la prensa diaria, cada vez más valientes al mostrar las contradicciones internas del régimen, los encontronazos entre los sectores franquistas azules (falangistas y fascistas puros) y tecnócratas, menos dogmáticos que los anteriores y proeuropeos. Y así, poco a poco, llegó a trascender a la opinión pública una versión divergente de la realidad política española de la que mostraban los medios franquistas y los diarios tibios, y asimismo el contexto social de la España diferente que había creado la resaca de la guerra civil: el integrismo impuesto en las costumbres y la vida sexual por los sectores más reaccionarios de la Iglesia, el insuficiente estado en nuestro país del reconocimiento de los derechos humanos, los continuos abusos empresariales, los frecuentes excesos policiales, la tradicional discrecionalidad injusta del mundo judicial, la supervivencia de cierta hegemonía militar aunque el régimen fuese formalmente civil...

Es interesante recoger algunas ideas del analista de medios de comunicación Antoni Guiral sobre esta publicación satírica. Sostiene que El Papus tiene "una importancia básica en la historia de la comunicación en España y en la del cómic, porque fue de las primeras revistas en publicar historieta para adultos en nuestro país cuando la industria editorial por razones políticas todavía no había podido asumir del todo la condición madura del medio, y antes de llamado boom del cómic para adultos que se inició en 1977 con la publicación de Totem y luego 1984 y El Víbora." "'El Papus' era una publicación subversiva en todos los sentidos. La calidad de la revista y la cantidad de ruptura de lo políticamente correcto para la época era muy alta. Desde el principio tensaba la cuerda y publicaba aquello que no estaba permitido publicar y que casi nadie podía pensar que pudiera editarse. Ponía en jaque a todas las instancias sociales y políticas del país para burlarse abiertamente de ellas y criticarlas, pero también aportaba una buena dosis de reflexión de fondo sobre lo que estaba pasando en aquella España de la transición."

El 20 de septiembre de 1977 "El Papus" sufrió el atentado que marcó trágicamente su historia. Posiblemente como reacción directa a una portada en la que bromeaba sobre el militar fascista mutilado Millán Astray, un grupo fascista entregó un paquete bomba en la recepción de la revista. Poco después el explosivo estalló asesinando al conserje Joan Peñalver y produciendo varios heridos, entre ellos la telefonista, que salió despedida por la ventana aunque con la fortuna de caer sobre el toldo de un establecimiento comercial. La Triple A (Alianza Anticomunista Apostólica) reivindicó el atentado. Hubo una manifiesta falta de entusiasmo por parte de la policía en la búsqueda de los culpables, y luego a una extrañísima --aunque entonces no inhabitual-- flojera de los tribunales al juzgar a varios sospechosos. Éstos fueron detenidos cuando visitaban con sensación de impunidad las redacciones de los periódicos barceloneses intentando vender la exclusiva de como habían colaborado en la preparación del atentado. Fuentes bien informadas señalaron años después que el atentado había sido "un exceso" de la Triple A, a cuyos miembros desde determinadas instancias paraoficiales de los servicios de seguridad les habían encargado "un escarmiento, no una muerte". En cualquier caso varias décadas después y ya dejada atrás la dictadura ninguna instancia judicial ha aclarado de verdad los hechos y las responsabilidades.

La bomba acabó matando a "El Papus", que nunca se repuso de lo sucedido. Pero no logró difuminar los buenos servicios que prestó a los ciudadanos en su búsqueda de libertad desde la trinchera de la prensa satírica y humorística

Antonio Franco