Atado y bien atado

Pascual Serrano

27 septiembre 2016

Pues nada, ya pasaron las elecciones autonómicas de Euskadi y Galicia. Y ganaron los mismos que ya mandaban en cada lugar. Antes hubo elecciones generales, y antes las mismas elecciones generales, y volvieron a ganar los que mandaban. Y eso es en plena crisis de corrupción con noticias de gobernantes procesados todas las semanas, y crisis económica con anuncios constantes de recortes y tragedias de precariedad.

Una parte del voto al poder es comprensible, procede de ese veinte por ciento que quizás no les va mal en su economía familiar. Una vez lograda una sociedad dominada por la individualidad y el egoísmo, tu propio bolsillo es la única vara de medir; sin importarte si hay vecinos rebuscando comida en los contenedores de basura, políticos robando dinero público y miles de muertos por nuestras complicidades bélicas en los conflictos internacionales. Pero luego están los que sencillamente se dejan llevar, incluso yéndoles mal.

Martin Luther King dijo que no le preocupaba el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más le preocupaba era el silencio de los buenos. Esos cientos de miles de “buenos” que han votado al poder o no lo han combatido ni electoralmente ni en la calle.

Las cuentas electorales para que sigan siempre mandando los mismos están bien cuadradas: un cuarenta por ciento del censo que no vote o vote a partidos sin representación. Del sesenta por ciento que lo haga, la mitad puede votar a diferentes partidos de oposición; con que pocos menos de la otra mitad voten al poder por miedo o porque forman parte de quienes les va bien, los que mandan tienen ya asegurada la mayoría por el desproporcionado sistema electoral. Si hubiese algún problema, siempre habrá alguno de los partidos de la oposición al que comprar por cualquier vía. Importante, eso sí, que todos crean que viven en el mejor de los sistemas posibles y que cualquier opción diferente que se vislumbre en el mundo sea convenientemente satanizada. Y Franco manteniendo una dictadura, con lo sencillo que ha resultado guardar las formas.

Portada 28 de septiembre

Ya en 1548, Étienne de La Boétie (Discurso de la servidumbre voluntaria, Trotta, 2008) analizaba las razones por las que millones de personas podían “servir miserablemente y doblar la cerviz bajo el yugo, sin que una gran fuerza se lo imponga”. Señalaba que “tal es la fuerza de la costumbre, que ejerciendo un dominio irresistible sobre todos los actos de nuestra vida, parece que ninguno ha puesto tanto empeño como en enseñarnos a ser esclavos. Del modo que Mitrídates[1] se acostumbró paulatinamente a beber el veneno, nos familiarizamos en tragar sin encontrar amargo el veneno de la esclavitud”.

En la Parábola de Buda sobre la casa en llamas, Bertolt Brecht relata cómo una familia se encuentra en el interior de su vivienda que es pasto de las llamas. Desde fuera, sus vecinos les increpan para que salgan urgentemente para evitar morir calcinados. Sin embargo, la familia no deja de preguntarles, dudando sobre qué tiempo hace fuera, si hay comida para todos, donde vivirán si salen de la casa... Es fácil imaginar el trágico final.

Parece que en España se vive un fenómeno similar, mientras la casa arde algunos están asustados porque en Venezuela hay colas en los supermercados, o por si el comunismo llega y les quita la casa y les prohíbe manifestarse. Y, mientras tanto, ellos no hacen cola en los supermercados pero porque no tienen trabajo ni dinero para comprar, son los bancos capitalistas los que echan a la gente de sus casas y es el gobierno neoliberal el que aprueba una ley mordaza contra los manifestantes.

Son incontables los momentos en la historia de la humanidad en que las inercias de la población han sido el obstáculo para los avances culturales, sociales, ideológicos o políticos. Mi padre me contaba la anécdota —supongo que no muy verdadera— de un pueblo en el que un banco de la plaza siempre estaba custodiado por un agente de la guardia civil desde hacía muchos años. Según la historia, cuando el alcalde ordenó pintar el banco, dejó vigilándolo a un agente para que nadie se manchara. Aquel alcalde tuvo la desgracia de morir en esos momentos, desde entonces los agentes se turnan en las guardias al lado del banco y ningún cargo municipal ha suspendido esa función “porque siempre se hizo así, para qué cambiar”. Me temo que España es mitad una casa en llamas, mitad el banco pintado de mi padre escoltado absurdamente por un guardia civil porque “siempre ha sido así”.

[1] Mitrídates VI (132 a. C. - 63 a. C.), Rey de Ponto (al sur del Mar Negro, hoy mayoritariamente Turquía), al temer ser envenenado ingiere con regularidad pequeñas dosis, con el objetivo de desarrollar la inmunidad a este veneno.