Cuando Brian se afilió a Podemos

Pascual Serrano

3 enero 2017

Está en candelero el conflicto interno en Podemos. Por un lado, es indiscutible que hay muchos sectores interesados en magnificar un debate político y una sana discrepancia para presentarlo como una crisis de partido. Por otro, es verdad que los líderes de la organización -y otras figuras de segundo nivel- no se han caracterizado por la prudencia y discreción.

Además, como parece que en el ADN de este partido estaba la mitificación de internet y las redes sociales como ecosistema idílico para organizarse, preparar programa político y debatir ideológicamente, el ruido ha terminado siendo más atronador y, al mismo tiempo, más empobrecedor.

El resultado ha sido el final de algunas ingenuidades sobre las que se sostenía el proyecto de Podemos. En primer lugar, el liderazgo indiscutible y la cohesión en torno a un ideario que no podía mantenerse en la ambigüedad indefinidamente. Lo mismo que vimos en una escena de la serie televisiva Borgen, donde Birgitte Nyborg, la líder del partido -también en fase germinal y con un crecimiento en aluvión-, se ve desbordada por simpatizantes con propuestas políticas de toda índole y debe desmarcarse de algunos de ellos. En realidad, la ingenuidad en Podemos no era exclusiva de sus líderes y fundadores, sino de una sociedad ideológicamente líquida y anodina, sobre la que resulta más rentable presentarse con un discurso indefinido y ambiguo, que con propuestas audaces y políticamente sólidas.

Sirva como ejemplo el debate sobre la denominada pobreza energética. En primer lugar la debilidad política de utilizar calificativos para la pobreza. Se es pobre para calentarse en invierno, pero también para comer o para conseguir vivienda. Se es pobre y punto.

Igualmente, todos coinciden en señalar a las eléctricas como inmorales y responsables de esa tragedia mientras disparan sus beneficios y compran a gobernantes mediante el sistema de puertas giratorias. En cambio, tras ese diagnóstico indiscutible, pocos se atreven a reconocer que la solución sería la nacionalización de la producción y distribución de la electricidad. Y no, no es comunismo, es lo que había en España cuando gobernaba Suárez, es decir, antes de que nuestro gobierno fuera “socialista”. Paradojas del destino.

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La otra ingenuidad que señalábamos es la de creer que a base de internet y redes se resolvía la participación, el debate y la organización. El fácil acceso al columnismo de prensa, el seguimiento masivo en redes y esa pulsión irreflexiva y urgente que tanto caracteriza a estos tiempos en los que primero escribimos y luego pensamos, ha provocado que la discusión se haya transformado en tuits urgentes, breves, ocurrentes, con imágenes divertidas, con GIF's simpáticos, pero siempre incapaces de ayudar a debate político alguno, como no podía ocurrir de otra manera. Primero fueron los líderes, después estos dijeron que basta pero continuaron los secundarios, y en todo momento la tropa.

Es verdad que la historia de la izquierda -aunque ahora recuerdo que Podemos decía que no era izquierda, aunque otros dijeron que sí, pues eso, la ambigüedad- se representa en la famosa escena de La vida de Brian, pero en el nuevo tiempo que nos ha tocado vivir el drama se puede superar. Sustituyendo la ideología por el chiste, el proyecto político por el gato y el corazón, y el debate sosegado por el tuit urgente.

Ya lo decía Marx, “la historia se repite; primero como tragedia, y después como farsa”. Y hasta me cabe en un tuit.