Feliz gestión

Belén Gopegui

13 septiembre 2016

Si llegara a haber terceras elecciones no serían terceras elecciones, serían las mismas repetidas por tercera vez. Dicen que la derecha tiene miedo a la izquierda y por eso sale siempre a votar, se abstiene poco. La conclusión sería entonces que la izquierda no tiene miedo a la derecha y por eso los individuos juzgan más importante ser fieles a sí mismos, castigar con su ausencia a quien de algún modo les defraudó.

Pero estas conversaciones de café parten de pensar que hay una izquierda y una derecha o un arriba y un abajo cuantificable a través del voto. Según otras miradas, la democracia en circunstancias capitalistas no es demasiado posible. La idea proviene de Kant: la democracia es francamente extraña cuando se tiene que vender la vida. Solo aquellos ciudadanos o ciudadanas con lo que él llama independencia civil, con autonomía material, o medios de producción que les permitan mantenerse a sí mismos o a sí mismas, podrían votar en igualdad de condiciones, libremente. Aquel ser humano cuyo sustento depende de la voluntad arbitraria de otra persona o clase o género no es libre. Dicho de otro modo, los ciudadanos y ciudadanas no libres prefieren —pero no prefieren, sino que necesitan preferir— que haya un tinglado corrupto, patético, poco útil, etcétera, a que no haya nada. Así se explicaría tanto la parte sustancial del voto a la derecha procedente del abajo como su abstención. De lo que de verdad tendría miedo el abajo o la izquierda sería, entonces, del abajo o de la izquierda. Al abstenerse de algún modo propiciaría que el tinglado siguiese existiendo porque lo otro, el vacío de poder de los de siempre, sí que daría miedo como los medios repiten y otra vez.

Habrá quien recuerde la lúcida película Arriba Hazaña basada en la novela de José María Vaz de Soto, y el papel determinante para el desenlace de José Sacristán: un cura joven, sin sotana, con chaqueta y alzacuellos, fumador, que en los tiempos del franquismo llega a un internado insurrecto, ofrece elecciones para delegados y así empieza a crear la división, la tentación:“Desde hoy se van a acabar los desórdenes y los encierros, y digo que se van a acabar porque no van a ser necesarios. La misa no puede ser un acto obligatorio aunque espero que vuestra asistencia sea nutrida por propia voluntad, claro”, dice. Preguntado por la expulsión de algunos chicos que lideraron la revuelta: “Es agua pasada, aunque la medida haya sido injusta, cosa que ni afirmo ni niego”. Pide luego conocer a quienes más se han significado en la insurrección estudiantil y han actuado de hecho como representantes: “Continuaréis en vuestros puestos hasta que con todas las garantías elijáis un delegado para cada curso y para cada sección. A través del delegado podréis hacer todo tipo de sugerencias, con el mayor respeto, a los hermanos: desde acordar la fecha de los exámenes hasta organizar un equipo de baloncesto, en fin, cualquier cosa. Podéis pedir lo que queráis menos las preguntas de los exámenes”. Lo que parece un chistecito final es del todo significativo: por pedir, se puede pedir todo excepto aquello que fundamenta el poder y la desigualdad. Tras su discurso tienen lugar las elecciones y Sacristán felicita así a los chavales elegidos: “Mucha suerte y feliz gestión”. Luego, ya, apenas tres minutos de película para narrar lo que ya prevemos: la división entre los delegados, el apartamiento de los radicales, la felicidad con que los chicos reciben a un nuevo prefecto que les propone cantar todos juntos el himno del colegio, y esas voces que cantan celebrando que el tinglado, con ligeras modificaciones, haya vuelto a comenzar.

En su libro La dialéctica del sexo, Shulamith Firestone contaba, en referencia al Women Rights Movement, cómo “el voto era el monstruo que había devorado todo lo demás”. En ningún momento desdeñaba el valor de aquellas mujeres que lo dieron todo por conseguirlo. Simplemente señalaba la desproporción del esfuerzo realizado en relación a los cambios, a su entender escasos, que el voto había traído consigo: “El sufragio constituía un aspecto insignificante de los objetivos del WRM y sin embargo consumió todas las energías, fue una guerra interminable contra las fuerzas más reaccionarias”. El problema no es el voto sino que el voto, a solas, no basta.

Si llegara a haber terceras elecciones, cosa que no parece tan probable a juzgar por la feroz insistencia con que desde los poderes instituidos se exige que así no sea, cabe preguntarse qué pasaría si muchas personas empezasen a agotar su miedo a la ausencia de tinglado y votasen en masa a quienes sostienen la idea de que pueda haber un poder cuyo objetivo sea, precisamente, distribuirse, repartirse, revelar las preguntas de los exámenes y cuestionar aquellas sujeciones que obligan a vender la vida. Para que esto llegase a suceder sería quizá importante que aquel “no nos representan” no derive en un “representemos”, y a su vez “representad” entendidos en los términos de la vieja canción de “La Lupe”: teatro, lo tuyo es puro teatro. Tal vez convenga un poco menos de representación, un poco menos de retórica, tanto por parte de los que ocupan en escenario como, y aún diría, sobre todo, por parte del público. Dejar de medir el tiempo en convocatorias electorales y comenzar a medirlo, no digas que es un sueño, en hechos realizados.