Huxley y los Pokémon

Pascual Serrano

13 agosto 2016

El entusiasmo con el que la ciudadanía se entrega a numerosas propuestas de evasión y ocio tan absurdas como alienantes, diseñadas casi siempre por grandes corporaciones económicas, me recuerda la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz.

Publicada en 1932, la historia se desarrolla en el año 2500. En una sociedad “perfecta” que mantiene a su ciudadanía sumisa y “feliz” en torno a una droga legal, el sexo libre, el ocio y la tecnología. La procreación está industrializada creando humanos diseñados según la clase social y la tarea que vayan a desarrollar para el funcionamiento de la comunidad y el sistema. En clara alusión al conductismo entonces imperante, desde su nacimiento se educa a los individuos en unos “centros de condicionamiento” mediante una hipnosis que crea en ellos “reflejos condicionados definitivos” y les hace aceptar su destino. Todo está perfectamente previsto y definido, sin lugar para la inconformidad ni la disidencia y sin apenas tener que recurrir a la represión (si bien no se descarta si es necesario). Los ciudadanos son “felices” con su determinismo social, su ocio, su tecnología y su sexo.

“El Titanic se está hundiendo, y la gente se pone a cazar Pokémon en cubierta” afirma el escritor y filósofo catalán Jordi Pigem

Dos grandes obras de ficción distópica intentaron prever el mundo que ahora estamos viviendo. Nos referimos a 1984, de George Orwell y la citada de Huxley. La primera de ellas ha sido intensamente aireada debido a que se interpretó inicialmente como una crítica al sistema soviético de partido único bajo el gobierno de Stalin. Hoy representaría el excesivo control del Estado sobre los ciudadanos y consolida el término Gran Hermano para referirse a ese Estado, incluso en estos tiempos, poco comunistas y estatalistas. Sin embargo, en escasas ocasiones se relaciona Un mundo feliz de Huxley con nuestra sociedad actual. Ignacio Ramonet lo hizo con su habitual lucidez hace un año en Le Monde Diplomatique. Pero cada día encontramos una nueva similitud con el mundo que Huxley describe. La última ocasión fue en una entrevista al filósofo y escritor catalán Jordi Pigem en El Asombrario. “El Titanic se está hundiendo, y la gente se pone a cazar Pokémon en cubierta” afirma Pigem. “¿Cómo es posible que un mundo con tanta información sobre lo que estamos destruyendo, que estamos destruyendo la base de nuestra existencia, mire para otro lado y no decida cambiar el rumbo? (…) Hay más conciencia de los problemas, pero también veo más distracción. En un mundo al borde del colapso, es curioso que cada vez haya más entretenimientos para que nos olvidemos de pensar, para que ocultemos las cabezas como avestruces. Yo creo que no es casualidad, sino que hay un interés poco disimulado del sistema en ese potencial de distracción”, añade.

Mundo Feliz

Teníamos asumido que el capitalismo iba a apropiarse de nuestro tiempo dedicado al trabajo, algo inevitable para conseguir los recursos necesarios para sobrevivir. Lo que no pudimos prever es que también se iba a adueñar de nuestro ocio. No tenemos tiempo para participar en la vida pública, en una reunión de vecinos, en una discusión sindical, en asistir a un pleno municipal o colaborar con un colectivo social porque nos estamos “divirtiendo”, es decir, porque el capitalismo nos está dando vueltas en el tiovivo del ocio, cazando Pokémons o exhibiendo nuestra vida privada en Facebook. No podemos disfrutar de nuestros viajes o de un concierto porque estamos ocupados fotografiándolo y subiéndolo a Instagram.

Los disidentes soviéticos creían buscar la libertad abandonando el socialismo real y lo que envidiaban eran los neones de los locales comerciales y el celofán que envolvía los productos. El falso sentido de la felicidad de Huxley.

¿Eso quiere decir que el ocio, la diversión es algo negativo para mejorar nuestra conocimiento y conciencia social, las luchas colectivas o para la búsqueda de otro mundo posible y mejor? En absoluto, se trata de encontrar una fórmula que muestre que es compatible, o incluso que es imprescindible que vayan unidos. Ni queremos un ocio narcotizador y alienante, ni tampoco un compromiso con nuestra comunidad que suponga sacrificio y hastío. Debemos conseguir divertirnos sin que nos vacíen el cerebro, y luchar por un mundo mejor sin que nos aburramos.

Pascual Serrano es periodista. Su último libro es Medios democráticos. Una revolución pendiente en la comunicación.