Opinión

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Ricos muertos de hambre

Pascual Serrano

20 diciembre 2016

Los días de Navidad se asocian a familia, afecto, encuentro y generosidad. Si me reúno con mi familia y amigos, y si los quiero mucho, cómo no compartir comida y bebida y hacernos regalos. Estamos así ante conceptos muy fáciles de convertir en consumo por el mercado y el sistema publicitario.

El resultado es que en estas fiestas cada español genera al día dos kilogramos de basura, de ellos la cuarta parte es debido a los envoltorios superfluos. Al año son unos 440 kilos de residuos, de modo que yo, que peso setenta kilos, genero cada año cuatro veces mi propio peso en basura. Todavía más grave es que gran parte de lo que termina en la basura es comida. En cada hogar español se tiran 76 kilos de comida al año. España es el séptimo país más derrochador de la Unión Europea.

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Luego está la fiebre de los regalos. Cada español hace una media de 5 regalos, que nos costarán entre 100 y 500 euros. No hace falta decir que la gran mayoría de ellos no suelen ser muy necesarios. La fiebre consumista llega también a las Administraciones. Ayuntamientos como el de Barcelona o el de Madrid gastan en estas fiestas en torno a uno o dos millones de euros en iluminación.

Estos datos son un ejemplo más de la pulsión consumista en contraste con un mundo de pobreza.

En Estados Unidos Joey Chestnut superó el récord mundial tras comer 70 perritos calientes en diez minutos. Se trata de un concurso que realiza desde hace 44 años un restaurante en Coney Island (Nueva York), al que acuden miles de personas a ver la competición. Estos espectadores, con gorros de salchicha, gritaban eufóricos “Go Chestnut Go”. “Eres el rey”, bramaba el puertorriqueño Roger Santos, quien acude al concurso desde hace tres años. “¡Nadie puede contigo, muéstrales cómo se hace!”. Los fans llegan con varias horas de antelación para ver a sus “héroes” y soportan el duro sol en el paseo de Coney Island. “Este es el primer año que lo veo en vivo, estoy tan emocionada”, dijo Rose Castañeda, de San Antonio, Texas. “No puedo creer que estoy aquí”. Castañeda comentó que ha visto el concurso en televisión, pero no quería perder la oportunidad de acudir a Coney Island durante sus vacaciones familiares en Nueva Jersey.

Mientras tanto, existe otro concurso con menos espectadores. Es el campeonato infantil de adelgazamiento. Cada año mueren 3,1 millones de niños por falta de alimentos.

Eso son seis cada minuto. Tranquilos, no voy a dedicarme a contabilizar cuántos niños podrían sobrevivir con los perritos del concurso de Nueva York. Sugiero presentar este contraste separando el hambre de los que no tienen nada y el hambre de los que nunca tienen suficiente; el hambre de los que quieren algo y el hambre de los que quieren siempre más: más carne, más petróleo, más automóviles, más teléfonos móviles, más regalos, más luces de Navidad, más juguetes...

El capitalismo provoca el hambre a quienes les arrebata lo necesario para alimentarse, pero también provoca el hambre infinita de mercancías a los occidentales que poseen algún dinero para conseguirlas.

Si el argumento de que nuestra opulencia es insultante frente al hambre de los pobres no resulta convincente por nuestro egoísmo, espero que lo sea destacar la frustración y el absurdo de no parar de consumir y acumular para seguir estando siempre insatisfechos.

Dicen por allí